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En medio de la euforia por la llegada hasta cuartos de final de la Copa del Mundo, era imposible no imaginarse lo que las jugadoras de la selección femenina de fútbol de Colombia podrían lograr si no tuviesen que competir cargando encima décadas de discriminación, pésimos manejos deportivos, vetos tácitos a quienes alzaron la voz y una liga profesional que se mueve entre la indiferencia y la negligencia mientras busca que se le reconozcan avances espurios. El gol de Leicy Santos contra Inglaterra puso a soñar al país con todo lo que se puede conseguir y, a pesar de la eliminación, la pelota ahora está en la cancha de la Federación Colombiana de Fútbol, la División Mayor del Fútbol Colombiano, la empresa privada y el Ministerio del Deporte: ¿estaremos a la altura de apoyar el talento nacional?
Catalina Usme, goleadora histórica de la selección, con 52 goles, y capitana estrella en la Copa del Mundo, tiene razón. “Yo me siento demasiado orgullosa. Hoy Colombia puede ser potencia mundial”, dijo. No se trata de una predicción en caliente ni de la retórica rimbombante que suele abundar entre los deportistas. Es apenas la conclusión lógica de lo que a todas luces fue una gesta épica.
Colombia, a pesar de tener jugadoras mal financiadas, de que llegó al torneo sin jugadoras legendarias y en plena forma como la gran Yoreli Rincón, de cargar con una larga historia de malos tratos de las directivas, fue protagonista. Los estadios extranjeros parecían uno cualquiera en Colombia: bañados de amarillo, con decenas de miles de fanáticos gritando por un fútbol que ha sido acusado de no emocionar. Y las jugadoras se atrevieron a tocar al cielo. Vencieron a Alemania con categoría y juego bonito, consolidando en el proceso a Linda Caicedo como una de las mejores jugadoras jóvenes del planeta. Después Ana María Guzmán y Catalina Usme conectaron con gracia y determinación para dejar atrás a Jamaica y convertir a nuestro país en el único sudamericano en avanzar a cuartos de final. Luego caímos contra Inglaterra, porque el fútbol es así, pero quedó la sensación de que teníamos con qué retar a las grandes potencias. Lo dijo Usme: “Yo quiero que les demos mejores condiciones para que vengan y ganen una Copa del Mundo y digan: «No estábamos tan locas»”. Queremos lo mismo. Se lo han ganado.
Mientras en Colombia la liga profesional de fútbol femenino sigue necesitando inversiones ambiciosas, quizás Inglaterra, nuestro verdugo en el campeonato, nos da pistas de lo que falta. Desde el 2020, las jugadoras de esa selección ganan lo mismo por aparición en partidos profesionales que sus homólogos masculinos. El año pasado, la Premier League anunció más de cinco millones de libras esterlinas solo para fomentar las ligas menores de mujeres. Claro, sabemos que estamos comparando a Colombia con un país europeo con una larga tradición de fútbol, pero si queremos ser potencia el camino es claro.
Lo que tenemos es futuro, pero es momento de que las futbolistas colombianas dejen de tener que vivir a contracorriente. Que el orgullo que sentimos en este momento se convierta en acciones concretas.
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