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Yo te creí cuando me dijiste aquella noche, cinco años atrás, que el ligero roce de tu pierna y la mía había sido fortuito, y que el leve temblor de tus labios era producto de los tragos.
Y luego te seguí creyendo, cuando señalaste que mi error era considerar que todo debía pasar por las palabras. Las palabras me condenaron, es cierto, y apenas hoy lo comprendo. Las tomé como la única verdad, como algo sagrado, y por apegarme a ellas al pie de la letra ignoré que había significados más allá de esa conjunción de letras inventadas por los hombres. Tu roce y aquel temblor eran una sugerencia alejada de cualquier diccionario, pero yo no la entendí. Luego, muy luego, comprendí a cabalidad lo que querías advertirme cuando en la puerta de tu casa me invitaste a destrozar los diccionarios que tenía en casa, y me comentaste que esos diccionarios eran una herramienta más de poder para los mismos de siempre.
Son cementerios de palabras, como escribía Cortázar, aseguraste, para agregar después, antes de cerrar la puerta, que también eran cementerios de sensaciones, de sentimientos, de besos y de amores. Desde entonces no te he vuelto a ver. Supe que vivías en otros mundos, aunque acá quisiera precisar que siempre viviste en otros mundos. Tus mundos de gatos esquizofrénicos, tus mundos de no palabras, tus mundos de ideas. Ayer volví a recordarte por un libro de Javier Marías en el que alguno de los personajes afirmaba que los roces nunca eran casuales, que detrás de cada roce siempre había un deseo y una intención, y reviví aquella noche, enmarcada por cervezas y afiches de películas clásicas en los que los protagonistas se besaban. Clark Gable y Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó, Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en Casablanca. Besos y besos.
Hasta las canciones estaban salpicadas de besos esa noche. De besos y pasión, “Besos, ternura, qué derroche de amor, cuánta locura”. De besos y milagro, “De vez en cuando la vida nos besa en la boca”, pero yo no percibí nada por ignorar lo que no fueran palabras, o por cobarde, que es casi lo mismo. Al final pusieron a Silvio Rodríguez, y mientras él cantaba “Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta”, yo rogaba para que ese instante no se acabara nunca, y te veía y cerraba los ojos con fuerza como para aprehender tu imagen, aunque eso fuera imposible. Quería aprehender tu imagen y el momento y la canción, y buscaba la palabra precisa que nunca encontré. Esa palabra precisa que tú gritaste mil veces en silencio.