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La noche triste del viernes 13, el español Electric Feel, @EwoOk, subió este trino a su cuenta de Twitter: “La gente que dice cosas como ‘Lo que ha pasado hoy en París, pasa todos los días en Siria’, pero sólo menciona Siria cuando pasa en París”. Y puso el dedo en la llaga.
Puede hacerse una vez más la triste comprobación de que los muertos de París, como antes los de Nueva York, Madrid, Londres, Bruselas, Fráncfort, Copenhague, son muertos a quienes nos une un lazo que se diría que no tenemos con los de Beirut y Alepo: estos, al parecer, no son muertos sino simplemente cifras. Sin darnos cuenta de que para quienes están detrás de los atentados, la lectura de las bajas se hace en los mismos parámetros que los nuestros: sus muertos sí que lo son, pero los nuestros son sólo cifras. Soy ya lo bastante viejo como para que, posiblemente, no alcance a ver un mundo del que se haya erradicado ese azote de la humanidad que es el fundamentalismo. Además, mi pesimismo innato me lleva a pensar que, incluso si ello se consiguiera, la bestia humana habría descubierto un modo distinto de azotar a la humanidad. E imagino un futuro Darwin que descubra el origen del mal, la causa por la que grandes masas de la especie humana, al llegar a determinada etapa de su evolución, iniciaron el camino de regreso a la caverna y el hacha de sílex, y a querérselos imponer al resto de la humanidad. Armados, eso sí, de los más sofisticados avances de la técnica. Pero no estoy todavía lo bastante gagá para no darme cuenta de que una noche triste como la del viernes 13 en París, al igual que las masacres anteriores en el propio París y las de Nueva York, Madrid, Londres, Bruselas, Fráncfort, Copenhague, lo que persiguen es instalar entre nosotros un convidado de piedra de espantosa faz. Sí, un fantasma recorre Europa: es el fantasma del miedo. Lo que el fundamentalismo islámico quiere sembrar en nuestras almas es el miedo. El no saberse seguro ni en una discoteca bailando, ni en un restaurante comiendo, ni en un estadio viendo un partido de fútbol. No me da vergüenza decirlo: yo ya siento ese miedo, pero no por mí, lo siento por mis hijos y por mis nietos y por los hijos y nietos de mis amigos y por los hijos y nietos de todas las personas de buena voluntad, que, por dicha, no son pocas. La noche del 13, espontáneamente, pensé que no va a quedar otra salida que la ley del Talión, es el único idioma que entienden. Hoy no lo tengo tan claro. Pienso más bien como la tuitera española Diminuta, alias @ncasiopea: “Hace noche de ponerse en la piel del otro, de ser París, de ser humanidad, de reflexión y tristeza. Diminuta tiembla”. De miedo, como yo, como todos.