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La Bogotá del viernes en la madrugada, minutos antes de que dieran las seis, era una Bogotá desconocida en la que cientos de miles de automóviles, motocicletas y taxis rodaban a infinitas velocidades para llegar a tiempo a donde sus conductores debían llegar, antes de que comenzaran a correr los primeros minutos del primer día de Pico y Placa en la ciudad. Las agujas de los velocímetros rompían récords, los semáforos parecían de adorno, pues nadie les hacía caso, los cruces eran una posible cita con la muerte y el reloj el enemigo de todos.
A las 5:43 un hombre en moto se estrelló contra una zorra en la carrera 30 con calle 3ª y se fracturó la clavícula. A las 6:06, más de 23 cuadras hacia el sur, un colectivo escolar colisionó contra una moto: ¿Resultado? Dos heridos, uno con trauma encefálico y, el otro, con lesiones menores en un brazo. A las 5:59, periodistas, detractores del alcalde Moreno, miembros de su gabinete, agentes de la Policía, amigos y adversarios, todos, a su manera, invocaban a su santo de la suerte para que la jornada que estaba a punto de iniciarse fuera lo buena o mala que deseaban.
Por eso, dos horas más tarde, Nicolás Uribe anunciaba que a las tres de la tarde presentaría ante el Tribunal Administrativo de Cundinamarca una demanda contra el decreto del nuevo Pico y Placa por presunta violación a los derechos fundamentales al libre trabajo, a la locomoción y a la libertad de empresa. “En el año 2000, el 29 de octubre para ser más exactos, se hizo una consulta popular sobre el tema y los bogotanos respondieron que lo aceptaban sólo si eran 11 horas y un día a la semana”, decía y repetía el congresista por cuanto micrófono podía. Intentando ser más contundente, añadía que “burlar una consulta popular es burlar la Constitución”.
A esa misma hora los reportes iniciales de las autoridades, sintetizados por Fernando Álvarez, secretario de Movilidad, indicaban que “la ciudad está rodando mucho mejor. Hubo algo de colapso en la Avenida NQS, pero es normal, no estamos solucionando el problema de movilidad, sino mitigándolo. Estamos satisfechos”. El coronel Jaime Moreno, comandante encargado de la Policía de Tránsito, y quien obtenía sus informaciones de diversos sobrevuelos que iban de sur a norte y de oriente a occidente de la ciudad, relataba con tono y voz de locutor de radio que “ha habido algo de congestión en Los Héroes, la calle 94, la carrera 11 y la carrera séptima entre calles 26 y 45, pero consideramos esto normal. Las congestiones seguirán de todas formas por obras en las vías, accidentes menores y vehículos varados. Hacemos un llamado de atención a la ciudadanía para que colabore con el cumplimiento de esta medida. Recuerden que en ocho días se harán comparendos de $248 mil”.
Poco después del mediodía, Ángela Arenas, de Movilidad, advertía a los posibles falsificadores de placas que un grupo especial del Distrito estaba trabajando “en hacer operativos más efectivos que permitan identificar si hay una placa falsa. Tenemos policías más preparados, con cámaras, con comparendos electrónicos para taxis, etc. Además, hay más policías, uno por cada 100 metros. Tenemos 640 hombres en el turno de la mañana y otros 640 en el turno de la noche. Y todos ellos están comunicados entre sí”.
Los trancones o el fluir de los automóviles era el tema del día. Que sí, que no, que lo mejor habría sido tal solución, que esto de todas formas va a colapsar, que lo mejor es que nos quedemos en la casa todos las 24 horas de cada día, que los agentes del orden pusieron más de 100 comparendos por hora, que según estudios del Instituto Universitario de Tráfico y Seguridad Vial de España los trancones aumentan la ansiedad y el estrés, y más aún si los conductores pitan, y el estrés genera agresiones… En fin, cada quien tenía su opinión, prestada o no, mientras iba o volvía. Cada quien fue alcalde durante 14 horas.