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Sobre un editorial
Desde el minuto uno, la llegada del doctor Eduardo Montealegre a la Fiscalía General de la Nación estuvo acompañada de un manto de dudas por sus vínculos con la cuestionadísima Saludcoop. Y aunque el alto funcionario cuenta con una sólida y envidiable formación académica, eso no ha borrado ante la ciudadanía las inquietudes que genera el ejercicio de su cargo. En el fondo debe ser consciente de esa situación y me parece que esto lo obliga a “sorprender” permanentemente a la sociedad con sus aparentes posiciones audaces. A veces parece defender el proyecto de paz para el país y a renglón seguido le da una patada en la espinilla.Por eso encuentro muy acertadas las ideas expresadas en el editorial de El Espectador del 12 de noviembre (“Acuerdos cerrados”) frente a la polémica que se ha suscitado con motivo del anuncio del fiscal Montealegre de estudiar los indultos otorgados al M-19. Debería utilizar su inteligencia y su fecunda experiencia para dar más luces al equipo de Gobierno que dialoga en La Habana, que permitan el avance de las conversaciones y la toma de decisiones. Quizá la historia lo recordaría, entonces, como ese alguien que contribuyó a desenredar algún entuerto.Ha sido una constante el apoyo de la comunidad internacional al proceso de paz colombiano. En estos días el diplomático irlandés Eamon Gilmore, en representación de la Unión Europea, quien cuenta con la vivencia de haber participado en el proceso de pacificación entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda, ha venido a respaldar el gran proyecto de vida colombiano, a orientar sobre el terreno, y eso ayuda al colectivo a no perder la esperanza.Paradójicamente acusa a la representante Angélica Lozano de estar armando un show, cuando quien los provoca, y de manera profundamente negativa, es el fiscal Montealegre. No sé qué tenga de alegría en su personalidad, pero empieza a convertirse en alguien que destila veneno, con todas las posibilidades que le ha dado la vida.Una cosa es ser controversial y otra muy diferente es ser un personaje nefasto… De esos que no quisiéramos ni ver ni oír.
Ana María Córdoba Barahona.
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