
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La época en la que los lectores franceses de No hay silencio que no termine hacían dos horas de fila hora para conseguir un autógrafo en la Feria del Libro de París parece lejana. Íngrid Betancourt entra por una puerta lateral del salón del consulado de Colombia en la capital francesa, en donde unos 50 espectadores la esperan para el lanzamiento de su libro La ligne bleue. Se detiene un momento, como si esperara aplausos, pero termina sentándose sonriente y no dejará la sala hasta que haya hablado con cada una de las personas que quieren fotografiarse con ella. Nadie intenta un selfie. Es la primera vez desde su liberación que se presenta frente a un auditorio mayoritariamente colombiano y estos colombianos son los que durante los años de su detención solían darse cita “frente al retrato gigante de Íngrid”, que decoraba el Ayuntamiento de París. Un punto de referencia de colombianidad pura en el centro de la ciudad.
Y sin embargo una de las primeras personas que intervienen es una mujer argentina. Se llama Alicia Bonet Krueger y es la presidenta del Colectivo Argentino por la Memoria. “Yo estuve en el entierro del padre Mugica. Usted describe el momento en su libro y quiero decirle que es fiel a las cosas que ocurrieron. Que todo el tiempo mientras leía lo que le pasa a la protagonista sentía mi propia historia de detenida y torturada durante la dictadura”.
La idea de escribir una novela le daba vueltas en la cabeza a Betancourt desde que terminó la promoción de No hay silencio que no termine. El argumento se le “reveló” (es una de las palabras que regresan cuando habla) en dos momentos. El primero cuando durante sus estudios de Teología supo de la existencia de las organizaciones cristianas revolucionarias en América Latina y del padre Carlos Mugica; el segundo, cuando durante unas vacaciones en una playa australiana una mujer la reconoció y en medio de la charla que siguió le reveló que había pertenecido a los Montoneros.
“Fue un trabajo particular, puesto que lo usual es que el escritor entregue un manuscrito más o menos terminado y esta vez estuvimos trabajando durante la escritura. Un work in progress. Íngrid no es una persona encerrada en su ego, acepta con frecuencia las sugerencias y al final creo que lo que tenemos es una muy buena primera novela”, dice Jean-Marie Laclavetine, quien fue también el editor de No hay silencio que no termine, que, al igual que la nueva novela, fue escrita originalmente en francés.
“Siento que escribo muy mal en español —dice Betancourt—. El único de mis libros que escribí en ese idioma fue Sí sabía y cuando volví a leerlo lo sentía rígido, tal vez académico. En francés escribo con más libertad”.
Sobre la publicación en español, Betancourt dice que las negociaciones avanzan. “No escribí pensando en si el libro se leería en Colombia, aunque sí me gustaría que se leyera en Argentina. Sin embargo, aunque la historia ocurre allí, creo que es una historia latinoamericana, en todos nuestros países hubo desapariciones y torturas”.
El título de una traducción para el mercado latinoamericano podría ser El horizonte azul, en lugar de La línea azul. Betancourt y Laclavetine coinciden en que encontrar el título no fue fácil, aunque ahora les parezca evidente “Es la línea azul que atraviesa la narración, la que Julia percibe siempre que está a punto de tener una de sus visiones”.
Julia, la protagonista de la novela, ha heredado de su abuela el don de ver el futuro a través de los ojos de los demás. Ese es uno de los elementos místicos presentes a lo largo de la historia. Para Betancourt, ese lado “espiritual” era inseparable de la acción. “Vivimos una época en la que necesitamos abrirnos a esos mundos invisibles. No podemos negarnos a nada sólo porque no existe una explicación racional. En ese sentido, creo que la ciencia nos ha cortado las alas”.
Usted también ha dicho que su novela es un ensayo sobre el perdón. Entre la búsqueda espiritual y la saga familiar en tiempos de la dictadura, uno no puede evitar pensar en los universos de Isabel Allende y Paulo Coelho.
Tengo que confesar que no he leído nunca a Isabel Allende, a Coelho sí. No es que yo buscara ser comparada con dos grandes escritores como ellos, pero si alguien lo ve así es todo un honor. Hay algo de nueva era en la novela en el sentido de que lo que nos ocurre lo podemos transformar en una oportunidad de crecimiento, en una oportunidad de luz. Yo quería hacer reflexionar sobre el destino, la libertad y el perdón. Mostrar que cuando no perdonamos aún estamos en manos de quien nos ha hecho daño.
¿Lo ha logrado en su vida personal?
Lo he logrado racionalmente, pero es muy difícil lograrlo del todo. Pienso en la reacción que hubo en Colombia cuando pedí una indemnización y me digo que esa herida debería ya estar cerrada, pero vuelve a abrirse. Entonces es un ejercicio consciente.
En la novela se narran, como visiones o como realidades, una serie de raptos.
Pensaba en particular en las descripciones muy gráficas de estar en el piso o en el baúl de un auto sin saber a dónde lo llevan a uno.
Tuve esa experiencia la primera vez que nos cambiaron de campamento. Primero hicimos un viaje de varias horas por río y luego nos metieron a un auto. No veíamos nada, pero se sentía el asfalto. Las Farc tienen sus carreteras en el fondo de la selva.
Usted también explora los conflictos de pareja. La rutina que se instala con el tiempo…
Quería abordar ese lado muy humano. Y también la idealización que hacemos del ausente. Julia ha vivido toda su vida esperando el regreso de Theo y lo ha convertido en un héroe. Cuando él vuelve a aparecer, los dos van a darle vueltas a la cuestión de si uno es o no el héroe que cree haber sido.
Se ha hablado mucho de una “nueva etapa” en su carrera. ¿Eso quiere decir que continuará en la literatura?
No niego que me gustaría ver una continuación de la historia de Julia y Theo, mis protagonistas. Yo podría vivir sin escribir, de hecho viví 50 años sin hacerlo, y escribir no es un impulso constante, pero siento que un espacio se abre cuando lo hago. Me libera. Es como una nueva ventana que le abro a la casa que es mi vida.
¿Y la política es una puerta que sigue abierta?
La política ha sido muy dolorosa para mí, incluso desde antes del secuestro, y lo pensaría muy bien. Pienso que si en algún momento fuera necesaria en Colombia, terminaría por volver a la política, pero pienso que quienes lo están haciendo ahora lo están haciendo bien.
¿Lo dice por el proceso de paz?
Sí, y pienso que la campaña presidencial fue muy positiva en ese aspecto, porque gracias a la prestancia de Zuluaga el tema ya no fue quién haría más carreteras, sino qué tipo de paz queríamos en Colombia. Si una paz eliminando al otro o una paz a partir de la reconciliación. Muchos de quienes apoyaban a Zuluaga lo hacían porque no le creían a la guerrilla, y es cierto que esa desconfianza está justificada. La gran discusión nacional que suscitaron las elecciones obliga a los negociadores de ambas partes a una total transparencia y una total seriedad.