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Camina lento y casi siempre apuntando la cabeza hacia el piso, a pesar de que creció en una Sudáfrica diferente a la de sus padres y por eso puede mirar a los blancos a la cara y movilizarse libremente por donde quiere.
Su nombre es Thamsanqa Kheswa, pero le dicen Thami. Tiene 25 años y estudia periodismo gracias a una beca. Vive en una “casa” de dos metros de ancho por tres de largo, por la que su mamá paga 50 rands de arriendo (cerca de $20.000) en Soweto, un suburbio de Johannesburgo construido en los años 50 por el gobierno del Apartheid para excluir y controlar a los negros que trabajaban en las minas de oro y diamantes de la zona.
Durante el Mundial, Thami se ha dedicado a mostrarles a los visitantes la realidad que afrontan a diario buena parte de los 48 millones de sudafricanos, que están felices y orgullosos de ser anfitriones del evento deportivo más importante del planeta.
Impresiona su espontaneidad y la facilidad para describir la crudeza con la que lo ha tratado la vida. Nació el 10 de febrero de 1985 en la provincia de Kwazulu-Natal, pero en 1998 se trasladó con su familia a Soweto en busca de nuevas oportunidades. Se radicaron en Mzimhlophe, uno de los 27 barrios de la ciudad, en donde viven cuatro millones de negros.
“Terminé mi educación básica en 2001 y estuve mucho tiempo vagando. Trabajaba en oficios de limpieza en edificios públicos, pero no tenía nada fijo que hacer. Acá las opciones son escasas, la gente no piensa en capacitarse, simplemente le apuesta al talento natural. La aspiración es ser músicos o deportistas, pocos se preparan, no hay recursos para estudiar”, dice Thami.
De hecho, él intentó convertirse en futbolista. Jugaba como delantero y se presentó para una prueba en los Piratas de Orlando, el equipo más popular del país. De ocho mil niños que llegaron, los directivos escogieron 23 y Thami no estaba entre ellos. Ese fracaso, sin embargo, le sirvió de inspiración. Recuerda que a pesar de la tristeza que sintió, haber conocido el estadio, el mismo en el que Shakira cantó en el concierto de inauguración de la Copa, lo inspiró. “Entendí que si quería algo y luchaba por ello, lo podía conseguir”, dice. Era marzo de 2004 y semanas antes Sudáfrica había sido elegida sede del evento más importante del deporte.
Decidió volver a la escuela y terminar la secundaria. En medio de las aulas, nació la inquietud por indagar acerca del pasado de su gente, así que comenzó a leer libros de historia. “A comienzos del siglo pasado descubrieron oro y diamantes en la región de Johannesburgo, lo que desató la fiebre minera. Muchos europeos, especialmente británicos, holandeses, alemanes y franceses, llegaron al país y compraron tierras, que explotaban con el trabajo de los negros”, explica Thami.
Después de varios años de guerra civil e insurgencia por parte de los morenos sudafricanos, pero sobre todo de presión de la comunidad internacional, a comienzos de los 90 el gobierno del Partido Nacional dio el primer paso para acabar con la discriminación, cuando reconoció políticamente a varias organizaciones. En 1994, luego de un período de negociaciones, se derogan las leyes del Apartheid y se realizan las primeras elecciones democráticas de la historia, ganadas por Mandela, quien estuvo 27 años entre rejas acusado de sabotaje.
Thami cuenta que “cuando niño odiaba a Mandela, porque me crié en una comunidad zulu, su enemiga, pero luego fui aprendiendo su legado. Es un ícono. Siempre ha insistido en la educación, en prepararse y eso me impactó. Claro que aunque en la Constitución y las leyes se supone que ahora todos somos iguales, en la práctica no es así. Hoy la diferencia no es racial, es económica”.
En la era posapartheid el desempleo se disparó y el enorme desarrollo económico no ha hecho otra cosa que enriquecer más a los que ya tenían dinero y empobrecer a quienes carecen de los servicios básicos. Pero esa situación no le preocupa al sudafricano de la calle, que siempre ha padecido dificultades, como Princes, la madre de Thami, quien trabaja como empleada del servicio en Linden, un exclusivo sector de Johannesburgo, y gana 450 rands al mes, aproximadamente $140.000, con los cuales mantiene a sus tres hijos, pues su marido murió de sida.
“Yo fui educado con condón, a diferencia de la generación de mi papá y cinco tíos que también murieron infectados”, señala Thami, quien recuerda que “todos ellos tenían muchas mujeres y no sabían que existía esa enfermedad”.
A él le ha tocado una lucha diferente, no por vivir, sino por hacerlo dignamente. “Muchas cosas me han pasado, pero nunca he fumado o delinquido. He perdido familiares por la violencia, porque acá si uno reacciona ante un robo, lo matan”.
En Soweto, un lugar parecido a Ciudad Bolívar en Bogotá, hay de todo. Barrios de clase media, con calles pavimentadas y casas cómodas, viviendas básicas y también tugurios. Justamente en uno de ellos viven Thami. “Aquí la gente es amable, conversa, comparte. Lo que es de uno es de todos”, explica.
En realidad están conformes con lo poco que tienen. En Sudáfrica por cada tres personas blancas pobres, hay mil negras. Y aunque todos tienen derecho a ingresar a los colegios privados, pocos los pueden pagar. Thami no compra ropa, la que usa es la que le regalan sus amigos. Camina mucho para ahorrarse lo del bus, al igual que su hermano Samuel, de 20 años, y su hermanita Mamuzha, de 9. Para ellos, el mes del Mundial ha sido una fiesta, porque han salido de la rutina y han conocido aficionados extranjeros, así ni una mínima parte de los miles de millones de dólares que le ingresaron al país por la organización los vaya a beneficiar.
Thami creció sin rencor. No tiene ni una moneda en el bolsillo, ni cuenta bancaria, ni propiedades, pero sí una inmensa convicción de que en su país ya no todo es blanco o negro.