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Desde un rincón de la playa cartagenera, al norte de la ciudad, en el corregimiento de La Boquilla, se han alzado los sonidos de los tambores como una forma de preservar los ritmos ancestrales de la comunidad afrodescendiente que habita este lugar. A través de la música, la Corporación Cultural Cabildo, con la Escuela Tambores de Cabildo y la Corporación Batámbora, se ha esforzado por mantener vivas las tradiciones sonoras que sus ancestros dejaron en esta región.
En medio del carácter educativo de esta corporación, en cuanto a la difusión y enseñanza de los tambores a niños de la comunidad, nació otro proyecto que, además de apoyar el sostenimiento económico de esta escuela, promueve la difusión de estos ritmos a diferentes lugares del país y del mundo a través de sus visitantes.
Yoel Londoño, artista y gestor cultural con casi 30 años de experiencia con los tambores, fue el artífice de esta iniciativa llamada Corporación Batámbora, la cual, con presentaciones, talleres de percusión y de creación de instrumentos, se desarrolló como el eje de inclusión productiva dentro de la escuela.
Londoño contó que Batámbora nació hace 16 años a la par con la escuela de tambores, que más allá de instruir sobre el instrumento y los ritmos caribeños, se ha enfocado en rescatar y preservar la herencia africana que los atraviesa. “Para mí los tambores son un símbolo de resistencia y de perseverancia. Ellos me cambiaron la vida. De niño tenía un grupo y tocábamos en la playa para recoger dinero para comprar instrumentos. Tenía varios compañeros, muchos se alejaron de la música y algunos terminaron en la cárcel o con problemas de alcoholismo y drogadicción. El tambor para mí fue un salvavidas y quiero que también lo sea para otros niños que, como yo, puedan mirar hacia un futuro mejor a través de la música”.
Sin embargo, la historia del proyecto comenzó en 2007, cuando el entonces director de la escuela, Rafael Ramos, llegó a Cartagena preocupado por la continua pérdida de la música tradicional. “Ahí, con profesores que Ramos convocó de los pueblos, nos enseñaron los nombres de los ritmos y los golpes básicos de los tambores, porque los estudiantes que estábamos habíamos aprendido empíricamente”, afirmó.
Ramos decidió terminar con la escuela en 2009, pero le propuso a Londoño continuar con su legado en La Boquilla. “Nosotros no sabíamos por dónde empezar, no habíamos estudiado pedagogía ni nada. Él nos dio unas pautas y nos dijo que arrancáramos, que íbamos a aprender en el camino”. Eso fue justamente lo que pasó. Comenzaron por un eje llamado “Herencia africana”, en el que los saberes ancestrales, entre la música, la danza, la oralidad y la gastronomía, tomaron protagonismo. Más adelante vieron en los tambores una oportunidad de generar impacto en la vida de los niños que llegaban a la escuela a través del eje “incidencia política”. “Este eje nació por las problemáticas que vive esta región, como la gentrificación, ahí les empezamos a enseñar a los niños el valor del territorio, por qué hay que cuidarlo y defenderlo”.
Batámbora nació de la necesidad de sostener económicamente a la escuela. Su director afirmó que aprendieron a fabricar los instrumentos para la venta y a instruir a turistas en las bases de los ritmos que interpretan, además de las propuestas musicales que crearon como grupo para tocar en diferentes escenarios. “Batámbora es un hijo de la Escuela Tambores de Cabildo y ha crecido con el tiempo”, aseguró.
Con la música como hilo conductor y la exploración de los ritmos caribeños como motor, el director de la corporación afirmó que el nombre de esta iniciativa surgió luego del contacto que tuvieron con el maestro húngaro Istvan Dely y su esposa Leonor. “Con él aprendimos ritmos del gran Caribe y empezamos a hacer fusiones. En ese proceso nació un instrumento al que nombramos “batámbora”. Es como una batería hecha con tamboras: un redoblante y un platillo… Al tener elementos de ambos instrumentos, decidimos unir los dos nombres”.
Actualmente, el desafío al que se enfrentan es sostener el proyecto “sin dejar de hacer lo que hacemos. En este momento contamos con menos personas, porque algunos bailarines consiguieron trabajo en hoteles cercanos y, desafortunadamente, en la corporación no podemos ofrecer las mismas condiciones económicas. Empezamos a perder esas piezas claves para mantener la iniciativa, porque siempre tendremos que hacer algo adicional a tocar, por ejemplo, las experiencias que ofrecemos a turistas”.
En 2024, el grupo viajó a Nueva Orleans para formar parte de su festival de jazz, en el que Colombia fue el país invitado. De acuerdo con Londoño, el proceso se inició con un casting por el que luego recibieron la invitación y llegaron a la ciudad estadounidense con tres presentaciones en tarima y un recorrido por los pabellones, en el que el lema “La Boquilla no es como la pintan”, las melodías y las danzas se llevaron las miradas. Era la primera vez que Batámbora se presentaba ante tantas personas y un festival de esta magnitud, la experiencia les sirvió para acercarse al trabajo con tambores en otras latitudes, aunque Londoño lamenta no haber tenido el tiempo de conectar más con sus colegas en el país del norte.
Más allá de los ritmos que los unen y el tambor como difusor de un conocimiento ancestral, la Corporación Batámbora espera poder grabar sus propias canciones para 2025. Detrás de la enseñanza y la apertura a que personas de cualquier parte se encuentran con estos ritmos está la creencia de que “mantener la cultura es mantener el territorio” y, para Londoño, la música tiene el poder de ayudar a preservar los derechos culturales de los afrodescendientes. “Tanto la música como la danza dan identidad, y este proyecto de Escuela de Tambores de Cabildo es importante para que la gente se sienta identificada y realmente valore su territorio y su riqueza cultural”.