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¿Por qué perdió la izquierda?

Patricia Lara Salive
12 de noviembre de 2015 – 09:34 p. m.

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Clara López no perdió la Alcaldía de Bogotá porque en la campaña haya habido una persecución contra ella por ser mujer, como lo ha afirmado Clarita, quien, por lo demás, tiene una hoja de vida tan buena que bien podría ser presidenta de la República.

Ni porque se hubieran manipulado las encuestas o los medios se hubieran confabulado en su contra, como también lo ha dicho; ni porque los que antes eran pobres y, gracias a los gobiernos de izquierda, se volvieron de clase media, traicionaran al alcalde Petro, como él lo ha sugerido; ni porque el apoyo de Petro a Clara haya sido un respaldo tóxico, como lo ha dicho el senador Jorge Robledo. No, la izquierda perdió la Alcaldía de Bogotá porque a pesar de que durante sus gobiernos la pobreza y la indigencia se redujeron de manera dramática –y ese inmenso logro hay que reconocérselo–, la ciudad, llena de raponeros y de trancones se tornó invivible para todos; la Bogotá Humana se volvió inhumana y, como dijo el hijo mayor del alcalde Petro, la Alcaldía se olvidó de su política del amor.

Y si no lo creen, les voy a contar las historia de Adriana y de Chavita:

Adriana es una madre cabeza de familia, abandonada por su marido, que tiene tres niños de dos, cinco y 11 años, y vive en Soacha. Para llegar a trabajar al Chicó a las nueve de la mañana, tiene que levantarse a las tres con el fin de prepararles almuerzo a sus hijos, llevarlos donde una vecina que los conduce al jardín y a la escuela, y comenzar a las cinco de la mañana su calvario de transportarse durante tres horas y 45 minutos hasta llegar a su trabajo. Luego, a las cuatro de la tarde, después de haber tenido una jornada agotadora, aseando, trapeando y cocinando, Adriana inicia su segundo calvario: toma el atiborrado Transmilenio y llega a su casa casi a las ocho de la noche a compensarles a sus niños las siete horas y media que han pasado sin ella debido al pésimo servicio de transporte, cuidados por el niño mayor. Adriana votó en Soacha. Pero si hubiera votado en Bogotá, no hubiera votado por Clara sino por un candidato a la Alcaldía comprometido con que las cosas cambiaran.

Y Chavita es una indígena de Ipiales que vive en el barrio Garcés Navas, gasta tres horas diarias en Transmilenio para ir al trabajo y volver y se desempeña como todera en mi oficina, hasta el punto de que es mensajera, jefe de archivo, recepcionista, aseadora, secretaria, todo; y si falta Chavita, nada funciona. Pues bien, poco antes de elecciones se incapacitó porque se le inflamaron los tobillos. Desesperada, no aguardé a que le dieran la cita en la EPS sino que la mandé donde un buen ortopedista particular. Me inquietaba que su problema no tuviera una causa visible, pues no se había caído ni se había tronchado. Entonces le dije:

– ¿Usted por qué cree que se le hincharon los tobillos, Chavita?

– ¡Por los pisones de Trasmilenio!, exclamó.

Y después de las elecciones le pregunté:

– ¿Y usted por quién votó?

– A mí me gusta el Petro porque no se dejó tumbar, dijo. Pero voté por Peña a ver si no me pisan… Es que me pisan y me pisan… Y en Transmilenio voy así…, agregó, pegando los brazos y las manos a lado y lado del cuerpo, como haciendo la señal de que se transporta cual sardina en lata, con apenas espacio para respirar.

Por eso perdió la izquierda: porque estaba casada con el pasado; y el recuerdo de la corrupción del gobierno de Samuel Moreno y la desadministración del de Petro, llevaron a que los bogotanos se aburrieran de la Bogotá inhumana.

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