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Dicha “microgerencia” fue aun más evidente durante el segundo mandato, en el que jóvenes —muchos de ellos preparados, con talento y comprometidos pero biches para responsabilidades de tan alta envergadura— llegaron a la cabeza de los ministerios. También los hubo no tan jóvenes ni tan capaces.
Fiel a su estilo, el presidente Uribe prefirió apoyarse en su ética del arduo trabajo y se rodeó en general de funcionarios de talla menor, incapaces de contradecir con argumentos técnicos incluso sus propias obsesiones. De ahí que los nombramientos anunciados por el presidente electo, Juan Manuel Santos, permitan entrever un cambio en la dirección correcta.
La escogencia de Juan Carlos Echeverry como ministro de Hacienda era predecible. Echeverry y Santos trabajaron juntos en el gobierno de Pastrana, desde la dirección de Planeación y el Ministerio de Hacienda, respectivamente, en la reforma laboral, pensional y tributaria, y en la reforma del sistema de transferencias. Su nombramiento envía un mensaje de confianza a los mercados internacionales, comoquiera que desde Latin Source y la firma Econcept, Echeverry les ha brindado asesorías a los bancos de inversión y fondos de cobertura en Nueva York. Esa combinación, sumada a una trayectoria exitosa en la academia, hace pensar que el complejo manejo de la economía en los próximos años estará en buena manos.
La nueva ministra de Relaciones Exteriores, María Ángela Holguín, conoce bien la Cancillería, manejó temas complejos en Naciones Unidas y durante su estancia en Caracas supo granjearse el respeto y la amistad de tirios y troyanos. Evidentemente, los retos que le esperan son inmensos. Temas como la recomposición de las relaciones regionales y vecinales; los derechos humanos; la transparencia con respecto a la presencia militar norteamericana, así como el acatamiento a principios esenciales de nuestra política exterior como el respeto a la soberanía y la no intervención, deberían hacer parte prioritaria del quehacer internacional. Su enhiesta posición cuando se enfrentó a los nombramientos políticos como Embajadora ante la ONU, además, es un buen augurio frente a la usual utilización de los cargos diplomáticos para pagar favores políticos.
Germán Cardona, próximo ministro de Transporte, llega con el antecedente de haber sido gobernador de Caldas y dos veces alcalde de Manizales por elección popular. Para una cartera que maneja multimillonarias concesiones y contratos, tan propensos al clientelismo y la corrupción, su trabajo como zar anticorrupción durante el primer gobierno Uribe —del que no hay que olvidar que se retiró cuando sintió que carecía de las herramientas y el apoyo necesarios para dejar huella— su nombramiento envía una señal necesaria. Sus desafíos tampoco son pocos. En estos años no sólo no se ha superado el atraso histórico en materia de carreteras sino que, además, hemos visto cómo se diseñan vías al vaivén de los intereses políticos.
Los nombramientos anunciados en la Casa de Nariño —Juan Carlos Pinzón, Juan Carlos Mira y Juan Mesa— refuerzan la decisión de privilegiar la tecnocracia, sin que por ello se promueva una tiranía de los expertos, que imponen sin discusión sus veredictos y están más interesados en explicar que en negociar. Una buena combinación de experticia y capacidad política es requerida. Esperamos que los funcionarios que no han sido escogidos aún ofrezcan igual número y calidad de credenciales y que el peso que ejerce la Unidad Nacional no sea aliciente para que de la meritocracia se pase al reino, ya conocido, de la politiquería.