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El lunes, antes de las 8:00 a.m., un ejército de personas con camisetas blancas se tomó la carrera séptima con calle 26. Para el observador desprevenido esa aparentaba ser otra marcha convocada con algún eslogan alusivo a la libertad de los secuestrados, la paz nacional o cualquier otra causa común que suele producir aglomeraciones. Sin embargo, aquella turba no marchaba, como borregos, detrás de una pancarta y un megáfono. Ellos se movían incesantemente, como si se tratara de una reunión de epilépticos. Del Planetario a la carrera séptima trotando, un estiramiento al lado del CAI, una serie de rápidos saltos en el Parque de la Independencia. Todos se preparaban para subir con el mejor tiempo posible los 48 pisos de la Torre Colpatria, el edificio más alto del país.
Un poco retirado de los demás corredores se hallaba Héctor Rodríguez, un bogotano de 71 años que participaba por cuarta vez en la carrera de ascenso. Con las erres arrastradas de los bogotanos de antaño hablaba entusiasmado de sus logros deportivos en 10 años que lleva trotando por medio país, como aquel Forrest Gump que decidió un día salir a correr sin razón aparente.
“Mi mejor tiempo en la Torre ha sido de ocho minutos. Lo hice la primera vez que subí. La versión pasada gasté diez minutos, pero igual vi muchos jóvenes que se iban quedando atrás entre jadeos y caras de puro dolor”, dice, con cierto orgullo, Rodríguez. Y añade: “Yo llevo corriendo 10 años. El deporte me quitó de encima el trago y el cigarrillo. He participado en todas las versiones de la Media Maratón de la ciudad. Una vez la gané en mi categoría, la máster senior, pero me robaron el triunfo; hice una hora y 34 minutos aquella ocasión”.
Rodríguez es un personaje popular. Mientras habla va saludando por uno y otro lado, como si estuviera en un desfile de belleza. Con 71 años, don Héctor, quien trabajó 26 años como personal de mantenimiento del Hotel Tequendama, se dedica, además de trotar diariamente, a dar clases de educación física a adultos mayores, abuelitos, como los llama él; toda una máquina bien engrasada de siete décadas de antigüedad. En sus lecciones da consejos acerca de flexibilidad y estado físico, así como de buen comer: “Mantenimiento general a la tercera edad”, le llama él.
El profe es un aficionado insalvable, un fundamentalista, del fútbol. Cuando era pequeño, por allá en 1948, conoció a Adolfo Pedernera, el argentino que jugó, y después dirigió, en Millonarios. Entre sus conocidos figuran también Alfredo Di Stéfano y otra serie de luminarias deportivas de la época que pasó a la historia como “El Dorado”. “Yo era apenas un chinche y por ahí en los entrenamientos jugábamos con ellos. A mí el maestro Pedernera me enseñó a patear. Di Stéfano me mostró cómo inmovilizar al arquero contrario. Usted lo pisaba, si él me empujaba eso era penal”.
“Saavedra”, gritó Rodríguez, y al instante se voltearon dos hombres, también adultos mayores, también vestidos para correr. “Son los gemelos. Ellos corren conmigo, me llevan un año, pero son unos duros. Todos salimos a trotar a las 5:00 a.m., a hacer ruta. La pista acaba. A nosotros nos gustan las largas distancias, las carreteras que nos llevan hasta Siberia, el Parque La Florida”, explica don Héctor.
Al lado del 3503, número que identificaba a don Héctor, decía la hora de su ascenso: 9:34 a.m. A esa hora, en medio del barullo de los altoparlantes que llamaban a los corredores, y entre tanto lunático, como un observador definió a los participantes, don Héctor se formó para subir los 980 escalones que había entre el pavimento de la carrera séptima y el helipuerto de la Torre, entre él y su próxima marca personal.