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Los 70 de Gardeazábal

Mario Fernando Prado
05 de noviembre de 2015 – 09:16 p. m.

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El ritual de con-celebrar cada día de las brujas su onomástico no podía faltar este año. Así que su hacienda cañera El Porce, ubicada entre Tuluá y Riofrío, se vistió de gala para que los primeros 70 años del novelista, periodista y expolítico no pasaran desapercibidos.

Unos cien o más comensales fueron ubicados “por edad, dignidad y gobierno” en tres ambientes, el uno amarillo, el otro rojo y el otro azul, previo recibimiento al convite por parte del cumplimentado, quien les entregó sendos libros autografiados y dedicados con las crónicas de Marcianita Barona —nombre que se puso durante su cautiverio— a los que llamó sus verdaderos amigos.

No fue pues como sucedía años atrás una romería de lagartos, políticos y politiqueros que allí acudían por temor o por respeto a la temible voz de La Luciérnaga que todos los días al caer la tarde descollaba con su innegable talento y sus imprudentes y perversos comentarios.

Atrás quedaron esas épocas de lisonja y lambonería en que se daban cita toda suerte de protagonistas de la actividad ejecutiva, legislativa, judicial, extrajudicial, farandulesca, industrial, comercial y docenas de figurillas en pos de codearse con lo más granado de la antropofagia nacional.

No hubo discursos ni estridencias musicales, lo cual fue un punto a favor. Se reemplazó por la charla cordial y los licores espirituosos. Tampoco fotógrafos y espías y menos otras vanidades tan propias en tales foforros.

Gardeazábal aprovechó la ocasión para decir, de mesa en mesa, que llegando al séptimo piso sin ascensor alguno había decidido enterrar —cual cóndores— sus viejos odios y rencillas, que perdonaba a sus detractores y que quería terminar sus días viviendo en paz y escribiendo mucho más.

Por ello, fue la ocasión precisa para firmar con Planeta los derechos de su última o, perdón, su más reciente novela que saldrá próximamente bajo el título de El Resucitado, en la que narra cómo un capo del norte del Valle se hizo aplicar un menjurje a base de mandrágora para hacerse el muerto y, luego de ser llorado, rezado, velado y sepultado, recobró la vida, se hizo unos arreglo faciales y anda como Pedro por su casa.

Pese a su quejumbrosa salud, más propia de su imaginación hipocondriaca, todo da a entender que habrá Gardeazábal para rato, dedicándose a dar consejos y a cultivar amistades y no a los vericuetos traicioneros de la vida pública, sea cual fuere su especialidad.

Recluido en ese remanso lleno de árboles, orquídeas, perros, gansos y patos cagones (como aquel que no tuvo inconveniente en alzar el vuelo y esparcir su recuerdo sobre la cabeza y los vestidos de encopetadas damas), el escritor tuluano, mezcla de ficción y realidad, seguirá escribiendo, muy a su manera, la historia grande y pequeña de este país que algún día quiso gobernar.

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