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¡Gracias Perú! (I)

Como buen colombiano, siempre hay que buscar la rebaja y un mes de estadía en Alemania obligaba a buscar alternativas de economía y por eso mi compañero de viaje para el Mundial pasado, Marino Velásquez –compatriota que cumplió ya dos décadas con su programa en la radio de Boston-, aprovechó el sorteo de la Copa del Mundo en Leipzig, para adelantar contactos de hospedaje.

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De regreso hacia el aeropuerto,  se cruzó con un colega de nombre latino y apellido teutón: Abel Voelkner, quien aparte de confesarle su origen peruano, se ofrecía a llevarle. El trayecto de dos horas por autopista, sirvió entonces para acelerar el tema de buscar algo bueno, bonito y barato.

En cuestión de días, un correo electrónico ya le daba techo al viaje: un apartaestudio en Giessen, ciudad donde el amable y no menos diligente periodista residía, ubicada a 70 kilómetros de Frankfurt. No hubo necesidad de separarlo con un adelanto monetario, bastó su palabra con la familia que nos acogería.

Llegó el verano alemán y al provenir de distintos destinos, aterricé un día antes de Marino y sin conocer personalmente a Abel, éste aguantó hora y media de camino en auto y por lo menos tres más de espera en el aeropuerto, por aquello de los benditos retrasos.

Eran las dos de la mañana y por la hora, debía pasar el resto de amanecer en su casa, para al día siguiente ya instalarme junto al compañero de viaje. Hicimos el menor ruido posible para no despertar ni a la esposa ni a los tres hijos que debían madrugar al colegio y fue cuando me advirtió: te vas a quedar en una habitación del sótano que preparamos para el hijo de Teófilo Cubillas, quien vendrá de luna de miel al Mundial.

Apenado estaba, pero aún más cuando lo que encontré fue una suite con todas las comodidades y lo mejor, sobre la cama, una chocolatina con un mensaje de bienvenida de la señora Konnie Voelkner, más alemana que la cerveza y con un español impecable.

Sólo quería tocar almohada después de un viaje largo y esperas en aeropuertos, por lo que quedé privado y en mucho ayudó la bolsa de agua caliente que estaba hacia los pies. Con el cambio horario y demás, desperté sobre el mediodía, subí a la primera planta de la casa y en el comedor, un desayuno servido tenía esta nota: “Querido Fabián, una vez más bienvenido. Abel salió temprano a encontrarse con Teófilo en Múnich, quien le dijo que su hijo ya no viene a Alemania. ¿Tendrías inconveniente en quedarte con nosotros?” El otro lunes, la respuesta y lo que deparó ella.

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