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Y los recicladores, otra vez por fuera

Las familias e individuos más pobres y excluidos encuentran en el reciclaje, en una ciudad tan hostil como Bogotá, la primera y quizás la única alternativa para subsistir.

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Dedican sus horas a recoger cartones y botellas en la calle y reúnen los cinco mil pesos, quizás más, quizás menos, con los que pasan el día. Usualmente y desde hace varias décadas, estos recicladores de oficio venden su producido diario en bodegas que acopian los materiales y los proveen a las industrias que los reutilizan. Los bodegueros aportan al proceso el almacenamiento, el transporte, la intermediación con los recicladores y la comercialización. Pero también aprovechan su posición estableciendo precios de compra a cambio de pagar a diario y en efectivo.

Algunos recicladores se han organizado en cooperativas y con gran esfuerzo mejoran sus condiciones laborales. Incluso realizan la tarea del acopio y la venta de materiales en bodegas administradas colectivamente. Sus familias progresan gracias a un trabajo más digno pero definitivamente con esta labor no se hacen ricos. Los volúmenes necesarios para que el negocio sea rentable son grandes e igualmente grandes son las inversiones que se requieren en infraestructura.

Aterrizamos en el reciclaje mucho después del resto del mundo, y ya en Bogotá algunos hogares por motivaciones ambientales hacen separación en la fuente de residuos, aunque es probable que este aporte vaya a parar al camión de la basura y al relleno sanitario sin ninguna consideración por su diferencia. Los habitantes de edificios y conjuntos residenciales ven en el reciclaje una oportunidad de ahorro pues su tarifa del servicio de aseo puede definirse con base en el peso. A una escala mayor, algunos centros educativos, centros comerciales y empresas ya han implementado programas de reciclaje. Esta labor sirve en algunas ocasiones para donar los materiales a una causa o dárselo directamente a los recicladores de oficio. La ciudadanía bogotana valora el reciclaje por su impacto ambiental y también por su impacto social, pues todos sabemos la dura vida que llevan los recicladores y sus familias y sin duda queremos contribuir a que mejore.

Desde hace tres años Bogotá inició un pequeño experimento, pequeño en volumen pero impresionante por su cambio de enfoque en materia de reciclaje y en la vinculación de los recicladores al proceso. Se estableció un centro de reciclaje donde llega material de origen residencial separado en la fuente y transportado por las empresas recolectoras. El Centro de Reciclaje la Alquería en la Localidad de Kennedy es de propiedad de la ciudad y está siendo administrado por tres organizaciones de recicladores.

Los resultados son excepcionales en materia de inclusión social. Los cuarenta operarios dejaron de trabajar en la calle y hoy en día cuentan con una vinculación laboral formal y todos sus beneficios. Las implicaciones de este cambio tendrán efectos durante toda su vida y por generaciones. Pero lo más importante es que asumieron no sólo la labor operativa sino también la administrativa, tuvieron la capacidad de organizarse para transformar y comercializar el material reciclado, dándole valor agregado y eliminando intermediarios. El Centro de Reciclaje la Alquería procesa unas 10 toneladas diarias de residuos y considerando que en Bogotá son aprovechables más de dos o tres mil toneladas al día de las seis mil que se producen, sabemos que el potencial es infinito.

Estas acciones aisladas e incipientes han venido sucediendo lentamente mientras en la ciudad el servicio de aseo ve venir un cambio de era. Próximamente se adjudicarán dos concesiones que definirán el rumbo de Bogotá en la materia: la licitación del Relleno Sanitario Doña Juana y la licitación de Recolección, Barrido y Aseo, y en ellas el reciclaje será un componente clave. Hay una enorme oportunidad para que el reciclaje de la ciudad se convierta en un instrumento de inclusión social promoviendo la organización de los recicladores y vinculándolos en toda la cadena productiva del reciclaje, tomando como modelo a La Alquería. Pero la licitación del Relleno Sanitario Doña Juana que está en curso ha demostrado que incluir a los recicladores es simplemente un requisito contractual que se cumplirá sin lograr el objetivo central. Los recicladores y sus organizaciones no han ocultado su descontento y señalan que los dejaron por fuera. Y sobre la licitación de Recolección, Barrido y Aseo la ciudad todavía no sabe absolutamente nada. Veremos cómo se desarrollan estos procesos y que camino toma Bogotá: impulsar grandes negocios de reciclaje o darle una oportunidad a quienes nunca la han tenido.

En estos momentos la Corte Constitucional tiene suspendida la Licitación y se encuentra valorando los argumentos de la UAESP, entidad responsable del proceso contractual, en relación con la efectiva vinculación de los recicladores en el negocio.

Sabemos que la Corte actuará con la razón jurídica. Esperemos a ver que pasa!

*Ex secretaria distrital de Hábitat y Planeación.

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