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No sé por qué me genera una mueca desdeñosa el anuncio de la IARC, la agencia adscrita a la Organización Mundial de la Salud que acaba de publicar un informe sobre carne y cáncer.
Vergüenza me debería dar, pero he visto el asunto como un verdadero espectáculo mediático. No sé si mofarme más de los «estudios científicos» que se producen a razón de docena por segundo o de las reacciones obvias de los ganaderos y los productores de carnes procesadas y embutidos. En las dos industrias, científica y cárnica, los intereses son tan grandes que la pelea está buena. En todo caso, sospecho que los chicos de la IARC tienen agenda secreta. (Me dice un amigo conspiranoico, en sigilo, que podrían estar pagados por los reptilianos alienígenas, o quizá por Al Gore, o los veganos… habría que investigarlo). La agenda de los industriales, en cambio, es evidentemente business as usual.
Salgo del clóset en asuntos tan carnales: declaro que fui vegetariano estricto 25 años y mi organismo tuvo serios problemas de salud. Hoy en día soy moderado con las proteínas animales (no como carne roja, ni cerdo ni pollito con antibióticos y le huyo al mercurio del pescado. Definitivamente desterré los embutidos de mi vida). Respeto a los carnívoros si pueden en Colombia darse el lujo y entiendo su apetencia porque sé que después de probar carne uno queda cebado como un tigre. Respeto a los vegetarianos y veganos y me parece que, si sus organismos lo consiguen, es una opción interesante que requiere conocimiento, disciplina y valor cívico; el futuro les dará sin duda la razón.
Por intuición sospecho que todos los alimentos procesados producen detrimento serio en la salud. Y es “probable” que la carne cause cáncer pues en esta civilización contaminada vivir es cancerígeno. Pero creo que más grave que este asunto es el impacto de la industria agropecuaria en el planeta. Desde luego en Colombia y el Brasil el modelo agrícola y ganadero que consiste en tumbar miles de hectáreas de selva desflorada para sembrar pastos y colocar allí cuadrúpedos famélicos es una desgracia planetaria. Y lo ha sido también sembrar forraje como el caso de la soya en el Brasil o del maíz en Inglaterra. El efecto invernadero causado por el metano de los pedos de las vacas es enorme aunque el tema sea hilarante y el óxido nitroso, otro gas de efecto invernadero tres veces peor que el dióxido de carbono, es causado en un 65% por la ganadería. Para resumir: la ganadería ha tenido enorme impacto en el cambio climático, la destrucción de la selva, la pérdida de suelos, las inundaciones, las zonas muertas en el mar y la polución del agua de los ríos; una huella mayor de la que quisiéramos aceptar. Es curioso notar que ante el informe de la OMS sobre carne y cáncer, en una encuesta del diario The Telegraph del Reino Unido le preguntan al lector: « ¿Disminuiría su consumo de carne roja para reducir el riesgo de desarrollar cáncer?». La respuesta abrumadora y unánime fue: «NO». Conclusión de este estudio: en Occidente las vacas son sagradas.