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Disfrazarse del otro que nos habita

Juliana Muñoz Toro
02 de noviembre de 2015 – 02:55 p. m.

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Después de un par de días de Halloween y sus disfraces vale la pena volver a un clásico del misterio: El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson.

Después de un par de días de Halloween y sus disfraces vale la pena volver a un clásico del misterio: El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson.

Hay algo que nos aterra en historias como esta: la tensión de que hay otro que nos habita y al que, por lo general, le negamos que ande por ahí suelto, a lo Hyde. En el relato, el abogado Gabriel Utterson seguirá el rastro de un hombre de baja estatura que esconde su rostro. La descripción más interesante que se hace de este personaje en las sombras es que a pesar de dar la impresión de ser deforme, no se puede definir concretamente cuál es esa deformidad.

La condición del monstruo es la de ser irreconocible, no poder ser clasificado. Esa es la gracia del misterio: no ver, aunque queramos, aunque “el monstruo” esté presente. En la literatura fantástica el horror está a la clara vista de todos, como Hyde.

No hay que olvidar al doctor Henry Jekyll, el que podría ser el modelo de un hombre “correcto”. Pero “el hombre no es uno sino dos”. Y al ser otro, escribe Jekyll, “experimentaba una embriagadora despreocupación (…) me veía libre de todas las normas morales, con una libertad de espíritu conocida”.

Ese es el encanto de los disfraces: ser alguien más y usar el doble como coartada. El malo no es Jekyll, sino ese otro que lo habita. El doble es su refugio. Ser otro le permite despojarse de “los atavíos postizos de la sociedad”. Se trata de la libertad de no existir.

Cuando Stevenson publicó esta novela, en 1886, ya en los recintos psiquiátricos se hablaba de la personalidad dividida. Solo que aquí se llevó al extremo: que el otro tome una forma física y se apodere del ser original. El primer manuscrito de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde fue quemado por el autor y luego reescrito en menos de una semana. El mito urbano dice que Stevenson estaba bajo el efecto de las drogas cuando creó esta historia. Es curioso, ya que el doctor Jekyll necesitaba de cierta medicina para recuperar su forma original o para volver a liberar a Hyde.

Quién no tiene una doble, o triple, personalidad. Hasta los superhéroes la necesitan. El mal existe en todo, pero no se quiere aceptar. En esta novela el mal es un engendro creado por la represión que ejerce el bien: “Tienes que sufrir para seguir mi oscuro camino (…). Si yo soy el primero de los pecadores, soy el primero de las víctimas también”, diría Jekyll. Los disfraces, o los dobles, seguirán existiendo mientras se siga deseando algo de libertad.

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