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Hace algún tiempo una visitante en Bogotá hizo un comentario de paso al observar la fealdad de las casas en un barrio capitalino.
Dijo que habían sido construidos sin “cariño”. Quise en ese entonces justificar el hecho y dar contraejemplos. En vano. La metáfora se convirtió en descripción del país, que abarca no sólo su infraestructura sino también su diseño institucional. Bien podríamos decir que Colombia está aún por construir, que se encuentra en interinidad.
Al despertar democrático le aguardan muchos retos. Uno es diseñar y poner en marcha un sistema político y electoral que todos encontremos amable, equilibrado, transparente y, por sobre todo, que garantice los derechos de las minorías. Lo que sucede por ahora sólo arroja vergüenza. Baste como ejemplo la Unión Patriótica, antes diezmada a bala y ahora borrada de los tarjetones y en pleno proceso de paz, uno de cuyos nervios es la participación política de población excluida y marginada. La antiestética y la desmesura se extienden de los muros a la mente y la acción política.
Esa esperanza, variable pero constante, en una paz verdadera, a veces efímera, perosiempre deseable, recibe golpes todos los días: fanáticos del Eln emboscan patrullas militares que resguardan los votos, mientras generales del Ejército son llamados a responder por falsos positivos. Y el contexto externo no ayuda: Maduro anuncia ya una dictadura cívico militar para “salvar” la revolución en caso de derrota en las urnas, mientras Correa maniobra para instaurar la reelección indefinida. En ese escenario hace falta mucha literatura para seguir nutriendo la imaginación.
Sea que lleguemos o no a una constituyente para refrendar e implementar los acuerdos, para la cual trabajan mancomunadamente las Farc y el uribismo prevalidos de la indecisión del Gobierno, debemos ocuparnos de lo fundamental, como diría el inmolado Álvaro Gómez Hurtado. Existe una estrecha relación entre tierras y poder político. Si queremos autoridades públicas fuertes es importante debilitar las estructuras mafiosas. Un nuevo régimen tributario rural para fortalecer el poder municipal y la reorganización territorial en torno a cinco o seis grandes regiones culturalmente afines, propuesta por Fals Borda, podrían contribuir a desafear al país.
No en vano la opinión pública lleva cinco años focalizada en La Habana. Pero el ínterin está llegando a su fin. La firma de la paz tiene plazo perentorio: el 23 de marzo próximo. Con clarines y trompetas se anuncia el cese bilateral al fuego para el 16 de diciembre, con intervención de las Naciones Unidas. Mientras tanto, como para no aburrirnos, diseñamos tribunales de justicia transicional y cocinamos las reformas agraria y política para las próximas generaciones. Que la premura no arroje aglomerados carentes de gusto, dominados por la tristeza.
El país político y el país nacional podrían llegar a un crucial acuerdo: nunca más unas elecciones con violencia, trampa, compra de votos, trashumancia y anulaciones masivas. En la transición a un país bien ordenado debemos tomar medidas duras y urgentes: listas cerradas para todos los partidos y movimientos políticos, previa su democratización interna; financiación estatal exclusiva de las campañas; control efectivo de sus gastos; acceso igualitario a los medios masivos de comunicación; tribunal electoral independiente; pérdida de curules o cargos con veda para siguiente período por violación de las reglas del juego democrático. Ética y estética deben inspirar el nuevo diseño. A la horripilante realidad de la violencia debemos responder con la inteligencia y elegancia de la razón. No de otra forma podremos proteger la fragilidad humana de los embistes de la antiestética actual.