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Las extravagancias del placer

Alberto Medina
31 de octubre de 2015 – 01:44 p. m.

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Gargantúa y Pantagruel, dos horribles gigantes que viven del placer de la glotonería y el vino, sirven de plato fuerte para que un escritor del siglo XVI desate, sin contemplaciones, todo su odio contra las mujeres.

François Rabelais, un monje francés que colgó los hábitos, logra la inmortalidad con la historia de los enormes padre e hijo, con los que da rienda suelta a una libertad de expresión sexual poco explotada hasta entonces.

Lo único válido para los gigantes es beber y comer, tanto que lo primero que grita Gargantúa al nacer es: “¡A beber! ¡A beber!”. Todo, hasta “la abertura de la bragueta, de la longitud de una caña de pescador”, a la que adornaban como si guardara a un dios, es extravagante.

Gargantúa tiene un hijo llamado Pantagruel, tan grotesco y excéntrico como su padre. Pero es Panurgo, amigo de Pantagruel, quien se encarga de llevar toda la carga de la misoginia de Rabelais.

Panurgo cuenta cómo ganaba indulgencias casando a las viejas. Relata que les daba una buena suma de florines “porque conforme eran de horribles, así había que rodearlas de atractivos, porque de otra manera ni el diablo hubiera querido levantarles la camisa”.

Panurgo es libertinaje y antigalantería. Se enamora de una gran dama de París, honesta y casada, pero la quiere conquistar con muy poco tino: “Señora, creo que sería utilísimo a la república, deleitoso para vos, honorable para vuestro linaje y necesario para mí el que cruzareis conmigo vuestra raza”. Ella rechaza el coqueteo y él insiste, pero no puede ser peor: “Señora, me tenéis tan enamorado que no puedo mear ni comer”.

El rechazo termina en despiadada venganza. Durante la fiesta del Corpus se acerca a ella y le echa una droga preparada con la matriz de una loba en celo. Al ver cómo los perros llegan de todos lados y le destrozan sus ropas, llama a Pantagruel para celebrarlo: “Os ruego que vengáis a ver todos los perros del país reunidos alrededor de una señora, la más hermosa de esta villa, a la que quieren gozar”.

Ansioso de mujer, Panurgo consulta con su amigo y con los sabios si debe casarse. Que ponen cuernos, no se case; que la enfermedad sin mujer es una pena horrible, que se case; que las mujeres de bien cargan vinagre en el cuerpo, que no se case; que quiere tener hijos legítimos, que se case; y así se iba sin respuesta absoluta.

El médico Rondibilis, uno de los consultados, le asegura que la sombra de los hombres casados son los cuernos, porque la mujer es “sexo frágil, variable, mudable, inconstante e imperfecto”. Rabelais, que también es médico, es Rondibilis.

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