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La muerte ha perdido encanto y misterio. Ahora cualquiera se muere por cómodas cuotas mensuales, cobradas en la factura de la luz. Usted fallece en Bogotá y el dueto Codensa-Mapfre se encarga del resto.
Pagamos no sólo para que se haga la luz todos los días en casa. También para cuando nos toque apagarla y vestir el traje de luces de la eternidad. Muérase ahora, pague antes, es, en la práctica, el vendedor eslogan de las funerarias.
Algún día nos enterrarán primero y moriremos después. Lo digo por la variopinta oferta que nos llega a los vivos para atender los gastos exequiales. Oferta que crece el 2 de noviembre, día consagrado a quienes viven al otro lado del espejo.
Tiene razón Gesualdo Bufalino: “Morir es fácil, tarde o temprano todos lo consiguen”. “La gente debería tener la sana costumbre de morir”, proclamó Borges mucho antes de horizontalizarse para siempre.
Y como de la muerte es difícil sacudirse, lo mejor es seguir el consejo de Mark Twain: vivir de tal forma que lo lamente hasta el empresario de pompas fúnebres. Lo lamentan, claro, pero los negocios son los negocios. Así sea de la muerte del prójimo. Todos somos clientes potenciales, así “el día esté lejano”.
Estornudos de eternidad
De un tiempo para acá, la factura de la luz nos recuerda mensualmente lo fugaces que somos. Apenas un escueto estornudo de eternidad. La factura incluye información sobre costos: el precio del funeral oscila entre los $5.150 y los $12.500 mensuales. Depende de la pompa que se desee. A la hora de partir, la elegancia obliga. Ésta consiste en evitarles a los deudos asumir los costos del funeral. Falta que nos entierren con los puntos que hagamos por compras hechas en el supermercado.
Llegará el momento en que rifen exequias con limusina incluida (muchas empresas incluyen la limusina, ese rascacielos acostado que halaga por última vez la vanidad del homo sapiens).
Los hay renuentes a contratar servicios funerarios. Asumen que es de mal agüero, que atrae a ‘la pelona’. Es el derecho a la ilusión de la inmortalidad. Se resisten a admitir que de esta existencia nadie sale vivo.
Mascotas en el menú
La “asistencia exequial” incluye generalmente al cónyuge, padres e hijos. Debería incluir a la mascota. John Edwards, el médium que charla con los muertos a través de la televisión (canal Infinito), con frecuencia reporta que el fiel perro acompaña a su amo. Casi se oye el ladrido a través del satélite. Hay quienes celebran más la noticia sobre la mascota que la del “interfecto muerto”.
En el “todo incluido” que nos ofrecen como si se tratara de unas vacaciones perpetuas en el mar, figura hasta la soprano que dará el desgarrador do de pecho final.
Tampoco hay que cargar el féretro. La burocracia de la funeraria, en traje de parada, asume esa obra de misericordia, reservada a los más próximos al difunto.
El menú incluye al cura que repite su monótona homilía entre el muerto que ya pasó y el que viene. En su charla sólo cambia el estado del tiempo.
Las empresas prestadoras del servicio deberían garantizar la presencia de un cura cómplice que se exceda en adjetivos en memoria del que se abre del parche. Todo muerto merece su orgía de elogios. No hay muerto malo.
Adiós velaciones
Asistimos a otro avance sustancial: la modernidad acabó con la eterna velación. Es la mejor forma de humanizar la muerte, de empezar a procesar el duelo. Era tan larga y devastadora la velación que se agotaban lágrimas, pañuelos, frases lagartas y lugares comunes que remataban al finado.
Antes partos y exequias transcurrían en casa. Ahora no. De esas minucias se encargan clínicas y agencias funerarias. A familiares y amigos los despachan temprano. El muerto queda en su soledad como compañía. También él tiene que procesar la partida.
La industria sin chimeneas de la muerte se actualiza permanentemente. Algunos cementerios funcionan como salas de cine o teatro. Así se desmitifica el paso al más allá.
Y para evitarles a los del más acá el costoso traslado de familiares remotos, algunas compañías ofrecen transmisión de la velación en circuito cerrado. Hoy las plañideras tienen internet. Muérase aquí que en Miami habrá quién lo llore.
Quienes suelen salirse del libreto tienen otra opción: el video para anunciar que se van. Así lo hizo el célebre humorista Art Buchwald, a quien tanto leímos en El Espectador. Cuando murió, en The New York Times no sólo aparecieron avisos invitando a las exequias. El diario ofreció un video en el que el humorista se despedía: “Hola, soy Art Buchwald y acabo de morir”. Como en Colombia, todo nos llega tarde, hasta ciertos videos, esta modalidad no está disponible aún.
En el todo incluido está la cremación, que es la aceptación de que polvo somos y en polvo nos hemos de convertir. Algo para recordar un día como hoy. Morir, al contrario de lo que opina el brasileño Millor Fernandes, no es algo que se pueda dejar para después…