Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La característica más sobresaliente en estas elecciones fue la dispersión de las fuerzas políticas y la ausencia de propuestas nacionales.
No incidió la expectativa del proceso de Paz como argumento político y fue importante la influencia de las maquinarias regionales y las alianzas coyunturales, hechas para ganar alcaldías y gobernaciones. En el proceso fue notoria la obsolescencia de la legislación electoral, incluida la de encuestas, puestas a prueba faltando días para la elección. Mientras las firmas encuestadoras acertaron en Bogotá, no fueron tan precisas en otras mediciones.
La participación nacional se mantuvo en los niveles de 2011, 57%, mientras la de Bogotá subió dos puntos, hasta 49%, manteniendo la diferencia entre las dinámicas nacional y local observada en las elecciones anteriores. En un escenario de dispersión partidista, consecuencia de las alianzas, resulta difícil tomar una medida de las relaciones entre las diferentes fuerzas políticas. Cinco de las seis alcaldías más importantes quedaron en mano de alianzas y movimientos ciudadanos.
Con el 84% de los votos contados, se pudo observar el efecto de la aparición en la escena política del Centro Democrático que arribará a unos 1.500.000 votos para alcaldías, cifra similar a la de Cambio Radical, que ha impactado a las demás fuerzas políticas de manera que, al compararse con su arrastre en 2011, todas han disminuido su caudal.
En Bogotá fue definitivo al voto anti-Petro y el desgaste de tres sucesivas administraciones que poco tenían en común pero la evocación sobre la continuidad de la “izquierda”, al final, fue fuerte como argumento político. Peñalosa ha ganado con una minoría, como le sucedió a su antecesor. En estas elecciones, al contrario de lo ocurrido en 2011, la división de los votos de centro-izquierda decidió el resultado. La polarización continúa y en el horizonte se observa la necesidad de una segunda vuelta que facilitaría las tareas de gobierno. Sobre el tapete queda la pregunta acerca de si la alianza que ganó en Bogotá se hará extensiva a las presidenciales.
Los resultados en las capitales son una muestra de la dispersión de fuerzas políticas lo que no compromete el trabajo conjunto que deben realizar los nuevos alcaldes y gobernadores en armonía con el gobierno nacional. En vista de que la oposición Uribista, de manera sorpresiva, también perdió en Medellín, no es difícil establecer que la gobernabilidad del presidente y su interlocución con la nueva dirigencia regional está garantizada.
Definido el nuevo mapa político, arranca la competencia por la presidencia en 2018 con incógnitas como si sobrevivirá la Unidad Nacional como hasta hoy, teniendo en cuenta que la dirigencia del Liberalismo y la U anticiparon el efecto que tendría en las elecciones, más notorio en Bogotá, la actividad del vicepresidente Germán Vargas, y si este permanecerá mucho más tiempo en su despacho, perfilándose, simultáneamente, como candidato y alto funcionario.