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Amaestrados

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Si usted pudiera recordarlo, si quisiera, tal vez podríamos conversar sobre todo lo que ocurrió entonces, aquello que llamábamos Los tiempos del castigo, mientras nos revisábamos nuestras heridas.

Éramos usted y yo, nuestros hermanos y compañeros y amigos y cientos de miles más de castigados por un lado. Por el otro, unos pocos castigadores que se creían los dueños del mundo y la verdad, y en su infinita soberbia consideraban que sólo a fuerza de golpes, de heridas, de planas, de arrodillarnos sobre piedritas blancas ante un Cristo igual de blanco por horas y horas podrían educarnos, pero no nos educaron, no; nos metieron miedo, y el miedo fue pánico y con el pánico lograron amaestrarnos. Nos volvieron animalitos que callábamos cuando nos daban la orden de callar, que comíamos lo que nos obligaban a comer, y que dormíamos siempre a la misma hora. Si preguntábamos, nos respondían con un bofetón y un lapidario “no sea atrevido”, y si protestábamos, llegaban los castigos.

“Para que aprendas”, nos gritaban después de cada azote, y aprendíamos, por supuesto, aunque jamás llegaran a convencernos, porque en ese mundo de los castigos, ¿cómo lo llamamos?, ¿Los tiempos del castigo?, no había convicciones ni motivaciones. Todo era aprender a obedecer porque sí, “porque yo lo digo”, como decían, “porque es la ley de Dios”, como afirmaban, “porque así ha sido siempre y así será toda la vida”, como lo sentenciaban. Obedecer era la ley, seguir el camino impuesto por biblias, testamentos, manuales, códigos y mandatos “divinos” que, casualidad de las casualidades, siempre lo favorecía a ellos mismos, a los castigadores iluminados por la verdad y la moral, a esos mismos que condenaban un beso en la calle, por ejemplo, y lo estigmatizaban y ubicaban en la categoría de pecado porque ellos no besaban, o besaban a escondidas.

Y fue pecado lo que no les convenía que hiciéramos, y fue una bendición y el comienzo de la salvación que hiciéramos lo que ellos querían. Dios, patria y familia y ninguna explicación. Dios, patria y familia sin discusiones. Dios, patria y familia para que no hubiera besos en la calle ni hijos bastardos que ensuciaran sus inmaculados apellidos, para que la tierra, su tierra, fuera trabajada y defendida por otros, y para que la familia siguiera en el poder y con todos los poderes. Dios, patria y familia para que enterráramos nuestros instintos y viviéramos para servirlos a ellos, a ustedes, los castigadores, y siguiéramos su tradición de propiedades privadas. ¿Sabe? Me desahogo un poco al escribir esta carta, este último deseo que sus subalternos con mucha amabilidad me han concedido en este húmedo y tenebroso sótano, justo debajo de su oficina de director de seguridad. Me desahogo, sí, aun a sabiendas de que usted no la leerá, porque está tan bien amaestrado que reconoce en una sola frase lo que puede perturbarlo. Y nuestra vieja amistad lo perturba.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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