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El café colombiano irrumpió en los mercados internacionales con una diferencia específica: su origen. La calidad que ofrecía el país superaba los niveles establecidos y no precisamente por la bondad de su territorio. La dificultad de su cultivo obligó a desarrollar modos de producción que le valieron su fama. Por un lado, su geografía y sus pendientes exigieron una recolección manual del grano y, por el otro, la humedad en tiempos de cosecha hizo inmediata la necesidad de su lavado y secado. La calidad de la semilla y los buenos manejos ubicaron al país con gran ventaja en el mercado internacional, ventaja que sin embargo fue perdiendo con el tiempo.
El país se diferencia del resto del mundo no tanto por la calidad de su grano, como por su excelencia a lo largo del territorio. Ser colombiano, y no de cierta marca, es lo que respalda la calidad de nuestro café. Los consumidores, sin embargo, han olvidado con el tiempo el referente del origen. En su imaginario figura ahora simplemente: café corriente o café gourmet. El segundo puede ya venir de cualquier parte, lo importante es su especificidad, a saber, que sea manualmente seleccionado y procesado y, preferiblemente, que su cultivo sea amigable con el medio ambiente. Esta forma de producción —que es por la que pagan los consumidores internacionales— se realiza con increíble dificultad en todo un país, pero con bastante facilidad en fincas particulares.
Juan Valdez es la manera como el gremio cafetero intenta mantener el origen como característica fundamental. La idea es clara: en Colombia el café no es un disperso negocio privado, sino la forma de vida de toda una población que lleva perfeccionando su labor más de un siglo. Esta imagen, con la que se pretende volver a ganar el espacio perdido, no es un mero mecanismo publicitario. Si bien las divisas que percibe el país por café son inferiores a las de otras exportaciones, sólo éstas generan tejido y progreso social. La producción de café absorbe a un tercio de la población en el campo, tiene una cadena de producción que jalona múltiples industrias y sus beneficios llegan en su mayoría de vuelta al productor.
Si bien es cierto que los cafeteros están pasando por un mal momento debido al invierno y al alto costo de los fertilizantes, el sector viene con un buen desempeño. La producción se ha organizado cada vez más, el buen precio del café ha compensado la revaluación y todos los días se identifican mejor los nichos a los que puede llegar Colombia. Además, aunque Juan Valdez se vio golpeado por la crisis internacional —que afectó particularmente a EE.UU. y España, donde había entrado con más fuerza—, todo parece sugerir que seguirá tomando fuerza y, con ella, la importancia del origen. Esto sin mencionar el respaldo institucional de la Federación Nacional de Cafeteros, que permite un esfuerzo colectivo en términos de ahorro, desarrollo de tecnología, educación, divulgación y coordinación.
De aquí que, a pesar de la importancia del café para el desarrollo del país, la propuesta de algún candidato necesitado de votos de imponer una tasa de cambio preferencial para el café luzca una medida innecesaria para estos tiempos difíciles. Los subsidios a las exportaciones no sólo generan las distorsiones habituales a la economía, sino además benefician a los consumidores de otros países. Intervenciones de esta naturaleza se justifican muy difícilmente en cualquier caso, y menos aun para ayudar a un sector que ha adquirido una mayoría de edad clara. Es importante que el gremio se organice para sobrellevar la turbulencia y no se desgaste haciendo lobby para presionar medidas que realmente no requiere. Aunque no se recuperarán los niveles de 1950, el sector ha evolucionado y se ha adaptado al nuevo estado de los mercados. El futuro del café es más dulce que amargo y si bien hay momentos difíciles, éstos hacen también parte del negocio.