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El semáforo de la calle 85 con carrera 15 despide su luz verde durante un minuto, en promedio. En ese minuto, en aquella noche de jueves, un jueves cualquiera, un promedio de 17 carros, taxis en su mayoría, cruzaron la intersección. En ese minuto se agolparon en cada esquina del semáforo algo así como tres o cuatro personas que miraron hacia el cielo en busca del santo y seña de la movilidad para un peatón: el rojo.
En un minuto las dos o tres personas que a las 10:00 p.m. aún esperaban un bus observaron hacia la lejanía en busca de una regordeta silueta que avanzara lentamente en medio de la marea amarilla de taxis que tapiza la carrera 15. En ese minuto alguno de los pocos borrachos que insistían en continuar la rumba sin música ni compañía compró algo en uno de los cinco parasoles que estaban posicionados en diferentes puntos de las esquinas. En el minuto en que el semáforo emite su verde universal, la señora, anónima ella, que vendía productos varios en uno de los carritos parqueados en el andén pensó, como la canción de Rubén Blades: “El día está flojo y no hay clientes pa trabajar”.
Después vino el cambio a rojo y el tráfico se detuvo antes, después o en la mitad del cruce, como si los motores de los vehículos funcionaran al mismo ritmo en que las luces cambian. Es algo que los policías que realizan un retén de control en un costado de la calle no ven o no les importa. Los retenes son una figura curiosa: una suerte de pesca milagrosa en donde los uniformados pretenden encontrar algo por azar, casi contra sus voluntades. Desde el otro lado de la calle el agente a cargo me miró con la desconfianza propia de todo hombre investido con la autoridad de un arma y un uniforme cualquiera.
En los cerca de 30 segundos en los que el rojo se aferra al poste del semáforo, algún taxista, uno de tantos, paró al lado de la señora anónima para comprar cigarrillos o un paquete de papas fritas. En ese lapso varias de las más de 15 personas que salieron, como cucarachas, de los sitios de rumba ubicados calle arriba se subieron a un taxi, algunas dando tumbos, otras con llanto y gritos de despedida. En esos treinta segundos, multiplicados por dos o tres, los policías registraron un promedio de dos carros y no hallaron nada; tal vez sea mejor así.
El amarillo es un color efímero, triste; está hecho para no durar, su condición es la invisibilidad. En el poco tiempo que alumbró los conductores aceleraron o frenaron, ambas cosas violentamente. Algunos peatones confiados cruzaron y todos los demás, actores inmóviles de la comedia, ni se dieron cuenta. En un país lleno de radicalismos, el amarillo es una zona franca, una especie de Suiza constituida para burlar.
En la esquina todos se conocen. De lado a lado del andén se saludan. Cuando pasan al lado del otro conversan, se piden favores. En la esquina de la 85 con 15, o en cualquiera otra, da la misma, todos esperan. Más que una comunidad de vendedores, ellos son una cofradía de esperadores.
Justo en toda la esquina un hombre recogía sus cosas a las 11:00 p.m. Con un tono amable, pero cauteloso, respondió que la noche estaba sola. No vale la pena trasnochar para ver pasar carros. Un poco más allá otro empapelaba con plástico su vehículo de trabajo, por llamarlo de alguna forma. Se despidió con un “nos vemos mañana”. Atrás, en las escaleras de un pequeño centro comercial, se rieron tres niños, de no más de 13 años, que se encargan de limpiar los vidrios de los carros cuyos conductores, cargados de fastidio o piedad, les dan algunas monedas. En aquella esquina lo que hay es trabajo, trabajo en equipo.
Todos ellos son personas recelosas, que hablan casi por obligación, por una cortesía con un cliente demasiado preguntón, un curioso con insomnio. No revelan si su negocio es rentable, si la Policía los molesta mucho, si siempre se sitúan los mismos
en los mismos lugares. Sólo hablan, con palabras esquivas, cada vez que venden algo. El único que de verdad parece amigable es el calibrador de rutas de transporte público.
Con soltura habló de la connivencia entre los policías y los trabajadores del sector, los legales, o al menos inofensivos, y aquellos cuyos oficios son menos ortodoxos. “Acá todos tienen que trabajar. Esto es respeto por el derecho al trabajo”, dice con humor. Al poco tiempo, pasadas las 11:30 p.m., dos policías detuvieron, en otra esquina, a dos hombres. Los requisaron y, entre risas, los policías se alejaron. Debieron toparse con un par de comediantes, pensé.
Ella mide cerca de 1,70, aunque con las botas blancas, que se pegan con violencia a unas pantorrillas delgadas, fácilmente llega a 1,80. Saluda efusivamente a la vendedora anónima, quien estaba sentada, como si alguien la hubiera soldado sobre una caja de madera. Al agacharse dejó ver una ropa interior blanca, allá en lo lejos de dos nalgas firmes que salen, sin pudor alguno, de una falda azul diminuta.
Se podría llamar Alejandra, Tatiana, Ángela o Valentina; no importa porque cualquiera de sus nombres será falso, un alias para enfrentar la noche con su frío que entumece y aturde. “Sí, mami: cambié de celular porque el otro me lo robaron. Este se lo saqué, despacito, a un borrachito lo más de querido el otro día. Robar no es lo mío, pero sin celular ando jodida”, dijo entre el vaho caliente de un cigarrillo.
De la nada emergió el camión de la Policía, la encarnación del mal para las prostitutas, los ladrones y todos aquellos que caminan marcados en la frente con el signo de la falta. “Mierda, el camión”, alcanza a decir Valentina antes de arrejuntarse debajo del parasol de la vendedora. “Todo bien, es el de mi amigo”. El vehículo, con su carga adentro, desfiló por la 15, tranquilo, y la normalidad, momentáneamente perturbada, regresó.
Una lluvia mínima pero constante comenzó a caer pasadas las 12:00 p.m. El frío, ahora cargado con una penetrante humedad, se colaba por entre la piel hasta los huesos con una dolorosa persistencia. “Ojalá llegue un cliente, así sólo sea para calentarme”.
Di una caminata por el sector para espantar el entumecimiento de dos horas de estar de pie mirando hacia la nada, tratando de conversar con un muro al que le di todas las monedas de este mundo. Al volver, Valentina no estaba. Entonces, mi muda interlocutora, con cierto dejo de fastidio en su voz, preguntó: “¿Ya se va a dormir?”.
Denuncias acerca de mafia del espacio público
El representante a la Cámara por Bogotá David Luna denunció que en la calle 85 con carrera 15 hay una mafia del espacio público detrás de los vendedores ambulantes que hacen presencia en este sector.
“Hay personas, no muy amables, que exigen el cobro de un dinero por el alquiler del espacio público de esta esquina a los vendedores que se instalan, sobre todo durante las noches, a ofrecer desde comidas rápidas hasta cigarrillos”, dijo Luna.
La voz de Luna se une a la de vecinos del sector que se han quejado constantemente por la presencia de ladrones y vendedores de droga que aprovechan la gran afluencia de gente en esta zona para hacer de las suyas.
Por su parte, la Policía Metropolitana, en una noche cualquiera de jueves o viernes, efectúa patrullajes constantes, así como retenes, para controlar el consumo de licor, tanto de conductores como de transeúntes, y el porte de armas.