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Un futuro para el DAS

EN MEDIO DEL AGITADO PERIODO electoral, un tema tan importante como la reforma del DAS se ha visto reducido a un tratamiento polarizado y superficial.

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Así, el asunto de las “chuzadas”, en lugar de dar paso a una discusión seria sobre el futuro de la inteligencia civil en el país, se ha limitado a recriminaciones mutuas entre la oposición, que ve espías en todos lados, y el Gobierno, que ve problemas de tiempo atrás.

Tiene razón Felipe Muñoz cuando señala que el DAS adolece de problemas estructurales. También tiene razón al señalar que Colombia necesita de una nueva agencia de inteligencia civil. Sin embargo, a juzgar por la lentitud y la escasa atención que ha recibido el proyecto de ley que permitiría hacer esto una realidad, el doctor Muñoz es el único entusiasmado.

Desde que se presentó el proyecto el 8 de octubre del año pasado, éste ha surtido apenas un debate, con ponencias encontradas entre los senadores de la Comisión Primera. El segundo debate estaba previsto para el pasado martes por la mañana, pero fue postergado por razones de agenda legislativa. Entretanto, persiste la incómoda incertidumbre entre los funcionarios del Departamento, quienes no saben hasta cuándo tendrán trabajo ni qué oportunidades se les abrirán.

En estas condiciones, sorprende la pobreza del debate sobre el futuro de la inteligencia nacional. Son contados los artículos de prensa sobre el tema, y aún más escuetos los comentarios útiles que se encuentran en televisión. Los candidatos presidenciales, por su parte, tampoco se han destacado por sus contribuciones más allá de ideas genéricas sobre la continuidad de la política de seguridad. La academia, último refugio de quienes buscan contribuir a la vida pública, también ha brillado por su ausencia.

En tal coyuntura cabe aportar aunque sea una propuesta, esperando que alguien, así sea un férreo contradictor, se sume a la discusión. En términos simples: Colombia necesita una agencia civil de inteligencia exterior, que bien podría ser la sucesora del DAS. Dirigir el país es una inmensa responsabilidad, y hacerlo sin el apoyo de inteligencia adecuada puede llevar tanto a paranoias infundadas como a sorpresas desagradables. Hoy por hoy no sabemos qué tan serio sea el anunciado programa nuclear de Caracas, y hasta hace poco nadie se esperaba que en Venezuela se acusara, se detuviera y se asesinara a colombianos bajo pretextos insólitos y con total impunidad.

Tal propuesta sin duda generará cierto debate al interior del país y más allá de nuestras fronteras. Caracas dirá que es un nuevo plan de desestabilización del imperialismo yanqui, y más de una Cancillería manifestará su rechazo a la creación de una agencia con una misión así de clara, sin eufemismos ni tapujos. Algunos, incluso, argumentarán que en el mundo moderno el espionaje internacional es una actividad esencialmente antidemocrática. Eso pensaba Henry Stimson, cuando en 1929 disolvió el servicio de inteligencia del Departamento de Estado, argumentando que “los caballeros no leen el correo ajeno”. Pocos años después, a los EEUU los sorprendió Pearl Harbor.

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