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Colombia tiene hoy más de 3.000 hombres discapacitados de las Fuerzas Militares y de Policía. De ellos, el 69 % sufre de algún problema físico que les impide regresar a las filas de los grupos armados legales que antes integraron. Este es tan sólo un indicador que permite entender la dimensión de un conflicto armado que azota al país hace más de 50 años.
Y es que, con el pasar de los días, e independientemente de si la extinción del conflicto está cerca o lejos, desde ya, el Gobierno, en cabeza de la Vicepresidencia de la República, trabaja para atender el posconflicto, y tal vez lo más importante, con los hombres que hicieron parte de éste durante tantos años.
La rehabilitación integral es el proceso que debe darse para, precisamente, regresar a estos hombres a la civilidad. Que puedan dejar atrás los rastros de la guerra, y quienes han perdido alguna parte de su cuerpo en el combate o por una mina antipersona, puedan crear un nuevo proyecto de vida que les permita retornar a la sociedad activamente. Que puedan encontrar un trabajo, estudiar, crear una empresa, y todo combinado con la armonía que brindan la familia, los amigos y el entorno.
Esa es precisamente la idea con la que surgió el Centro de Rehabilitación Integral (CRI) que, desde el 2011, se encargará de ayudar a estas personas en todo sentido. Y es también la premisa de María Victoria García de Santos, la esposa del Vicepresidente, quien después de encontrarse con la realidad nacional impulsó la campaña para que Colombia tenga uno de los más modernos e importantes Centros en esta materia.
“Imagine usted que diariamente hay mínimo tres víctimas por minas antipersona, el arma favorita de las Farc, y a esto se añaden quienes por accidentes o enfermedades quedan en situación de discapacidad”, aseguró García.
La guerra en Colombia ha dejado heridas imborrables tanto en la sociedad como en la Fuerza Pública. La segunda incapacidad más grande, después de la física, es la mental, con 464 hombres. El diagnóstico es generalizado: esquizofrenia. Y quienes la sufren pueden rehacer su vida en centros especializados, como el CRI.
En Bogotá, sobre un terreno de 2,5 hectáreas, se construirá el Centro de Rehabilitación Integral, en donde, en un principio, serán atendidos 150 hombres que deben permanecer internos, y otros 1.200 para consulta externa. Quienes ingresen al CRI deben haber superado la etapa clínica en el Hospital Militar, es decir, haberse sometido a los procedimientos médicos para superar los problemas físicos como operaciones o amputaciones de algún miembro de su cuerpo.
Mientras se realiza la recuperación física, también los integrantes de la Fuerza Pública van estudiando o creando su proyecto empresarial. Aquí el Sena prestará asesoría para que cada uno aprenda una actividad productiva y, como parte del proceso, encuentre trabajo. Se espera que con el tiempo, algunos de ellos puedan ser proveedores del Estado, como en la elaboración de alimentos.
“El Centro no da un parte de salida a una persona hasta cuando esté integrado con su familia y su entorno, para que no ocurran casos como el del soldado indigente”, sostiene María Victoria García.
El Centro de Rehabilitación Integral para hombres de la Fuerza Pública no será un proyecto que se deje morir fácilmente. Ya se consiguieron los recursos: $ 23.000 millones, más cuatro millones de dólares donados por Corea. Se incluyó en el Plan Nacional de Desarrollo 2006-2010, y es ahora el Ministerio de Defensa el que debe dar el siguiente paso para iniciar la construcción, porque es el momento de empezar a atender los resultados del conflicto y a quienes han sido algunos de sus protagonistas.
El caso del soldado España
Mientras Luis Alberto España, de 20 años y natural de El Peñol, Nariño, espera que lleguen los materiales para la prótesis de su pierna izquierda, pasa los días aprendiendo a caminar con bastón, viendo televisión o paseando con sus amigos de infortunio por las calles de Bogotá. Hace ya un año y ocho meses que, mientras patrullaba en el Bajo Patía, pisó una mina antipersona que además le dejó varias esquirlas en su cuerpo. Aunque es un testimonio real de la guerra, no tiene resentimientos hacía nadie, porque su sueño, desde niño, era ser soldado.