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El pasado 18 de septiembre, el papa nombró al jesuita Guy Consolmagno como director del Observatorio Vaticano, que se localiza en Castel Gandolfo, pero cuyo telescopio de 1,8 metros está en Arizona, donde el cielo es más despejado.
Los méritos del nuevo director, nacido en Detroit hace 63 años, son indiscutibles: tiene un PhD en ciencia planetaria, realizó investigaciones como post-doc en el Massachusetts Institute of Technology, fue profesor de astronomía hasta el año de 1989, cuando se ordenó como jesuita; una vocación tardía.
Es particularmente interesante y controversial su concepto de Dios y la relación de este concepto con el quehacer científico. En una entrevista publicada por la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, se le pregunta: ¿Dios entra en el camino de hacer buena astronomía?
Responde: “Es exactamente lo opuesto. Esta es la razón por la que hacemos astronomía. Esto es cierto aún si no se cree en Dios. Hacemos astronomía porque podemos, pues el universo actúa de acuerdo con leyes. Esa es una idea religiosa. Los romanos creían en un dios que actuaba de acuerdo con su voluntad o sus caprichos, si usted cree en eso, usted no puede ser un científico. Creer en un dios supernatural es diferente”.
Así, zanja la polémica entre quienes creen que es incompatible un dios que interviene en los actos humanos o en la evolución de la naturaleza, con el trabajo científico. ¿Cómo saber si el resultado de un experimento es producto de las leyes científicas o de un milagro? Por el contrario, un dios que no intervenga en el devenir ni de la humanidad ni del cosmos, es un concepto que no causa mayor contradicción entre la ciencia y la teología.
Un dios con estas características no requiere ni de oraciones, ni de iglesias, ni de sacerdotes. Pues no interviene, o no puede intervenir, en el desarrollo de los procesos, sean estos humanos o naturales. El dios judeo-cristiano sí interviene en la historia y es proclive a la oración y al sacrificio, pero de acuerdo con el director del observatorio vaticano, ese dios no parece ser el suyo.
Ese dios no es tampoco el de Spinoza, “Por Dios entiendo el ente absolutamente infinito, esto es, una sustancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita. Aparte de Dios no puede darse ni concebirse ninguna sustancia”. En términos simples, Dios = Universo.
Cuando a Einstein le preguntaron si creía en Dios, dio una respuesta políticamente correcta: “Creo en el dios de Spinoza que nos revela la armonía de todos los seres. No creo en un dios que se ocupe del destino y de las acciones de los seres humanos”. En otros escritos, Einstein se aparta ligeramente del concepto de Spinoza, al pensar que sí hay algo externo al universo, y plantea el deseo de conocer la mente del creador.
La Academia de Ciencias de los Estados Unidos realiza esporádicas encuestas entre sus miembros, sobre la creencia de un dios personal, que actúa y hace milagros. Esta creencia ha venido disminuyendo. En 1913, el 28 % de los miembros creía en un dios personal; en 1933, el porcentaje se reduce al 15 % y, en el año 2003, sólo el 7 % de los científicos afiliados a la Academia creían. El porcentaje de quienes aceptan un dios como el de Spinoza, el de Einstein o el de Consolmagno, debe ser superior, pues este dios no entra en conflicto con las hipótesis científicas.