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Entre el socialismo democrático y el conservadurismo demagógico

Arlene B. Tickner
20 de octubre de 2015 – 10:50 p. m.

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El hecho de que el socialista judío Bernie Sanders y un billonario banal y racista, Donald Trump, estén generando caos en el interior de las campañas presidenciales de sus respectivos partidos es testimonio del estado clínico en el que se encuentra la política en Estados Unidos.

Pese a representar puntos extremos del espectro ideológico, los discursos de los dos precandidatos demócrata y republicano han hecho eco del desencanto y la rabia de amplios sectores del electorado. En términos generales, la popularidad sorprendente de ambos se debe a la valoración positiva de su honestidad, su rechazo de la “clase política” y su condena de la avaricia de Wall Street, todos elementos que refuerzan su imagen como antipolíticos dispuestos a “hablar con la verdad al poder”.

Hasta allí las similitudes. Mientras que Sanders lleva casi 25 años como senador de Vermont y cree en la política democrática como espacio idóneo para resolver los distintos conflictos que caracterizan a cualquier sociedad, Trump ha insinuado que la democracia representativa sobra y que un “hombre fuerte” como él pondría la casa estadounidense en orden. Sanders ha formulado propuestas concretas para resolver algunos de los problemas centrales que aquejan a Estados Unidos, incluyendo el aumento de impuestos a los más ricos, salud y educación superior universales, licencias remuneradas de maternidad, control de armas, reforma al sistema penitenciario y combate al calentamiento global. En cambio, la estrategia de Trump –esencialmente vacía de ideas– busca conectarse con las emociones y los miedos de los electores en un sentido más visceral. Entre sus posiciones sexistas, racistas y xenófobos, la clasificación de los mexicanos ilegales como criminales, narcotraficantes y violadores, así como la promesa de construir un muro para detener ese “contagio” es representativa.

En su conjunto, el éxito de estos precandidatos ilustra las dos lógicas distintas que subyacen los partidos Demócrata y Republicano. Un artículo publicado en marzo de este año por los profesores Mark Grossmann y David A. Hopkins ofrece una explicación interesante de esta aparente rareza. En contraposición a los demócratas, que agrupan distintos grupos sociales, menos comprometidos con los principios ideológicos liberales y más interesados en políticas específicas que benefician sus intereses particulares, los republicanos se definen por el compromiso común a la ideología conservadora y el principio de la limitación del poder estatal. Ello explica la ausencia de un símil liberal del Tea Party y la valoración demócrata de la negociación bipartidista –si ésta permite realizar objetivos puntuales–, así como una conducta republicana que gravita en torno a la preservación de la pureza ideológica. El carácter de la opinión pública en Estados Unidos –conservadora en lo ideológico y liberal en términos prácticos– refuerza esta distinción al premiar el énfasis republicano en ideas generales conservadoras, y el demócrata en agendas políticas que beneficien a diversos sectores de la población.

Aunque suene un poco esquizoide, los estadounidenses parecen favorecer simultáneamente a Trump por su conservadurismo demagógico, y a Sanders por su socialismo democrático.

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