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La razón más poderosa para participar en la elección del nuevo alcalde de Bogotá el próximo domingo es pensar en la ciudad que el elegido nos va a devolver a fines de 2019.
Esta premisa decisiva se pierde de vista en medio de la animadversión personal y la polarización. Veamos las alternativas.
Rafael Pardo sería un alcalde normal. ¿Es lo que queremos, alguien que no cometa los peores errores, que no robe y que se rodee de unas pocas personas brillantes entre muchas más o menos grises? El voto por Pardo es un voto medroso, tímido. Es como reducir a la mitad la receta que nos da el médico y rezar para que aun así nos curemos de la enfermedad. Pasando a Clara López, me parece menos mala que Samuel Moreno, el ladrón, o que Gustavo Petro, el populista exaltado. Votar por ella, sin embargo, equivale a premiar el desastre que arrastran el Polo, los progresistas y el samperismo en Bogotá. Y cuando uno premia a un político, este, tenga palabra de mujer o no, entiende que debe seguir haciendo lo que venía haciendo. Esa no es, supongo, la idea. En cuanto a Pacho Santos, las encuestas dicen que no es elegible así le hayan trasplantado una mano firme y un corazón grande.
Yo prefiero entregar las riendas de una Bogotá vapuleada y extraviada en los vericuetos de la indigestión ideológica a un experto mundial en el tema urbano, como Enrique Peñalosa. La última vez que obtuvo el puesto hace casi dos décadas, transformó la ciudad en tres años de vertiginosa gestión. ¿Que cometió errores? Cierto, la premura y la brevedad del período hacían imposible que todo saliera bien.
Otra razón para elegir a Enrique es que, desde el 31 de diciembre de 2000 y a pesar de haber participado a desgano en dos elecciones presidenciales, nunca ha querido otro puesto que no sea volver a la Alcaldía y se ha preparado para ello como nadie. No obstante, su personalidad frentera, a veces arrogante, le ha dificultado enormemente el regreso al Palacio Liévano. Perdió contra Samuel Moreno y contra Gustavo Petro, ninguno de los dos imbatible en su momento. Según eso, los defectos que hacen de Enrique un mal candidato se pueden volver virtudes a la hora de gobernar. Pocas aguas tibias lo rodean: tiene admiradores y amigos del alma, y tiene enemigos jurados. Lo que lo define no es quién lo odia, sino qué va a hacer si lo elegimos. Aquí va una muestra para los interesados: http://bit.ly/1Kc9CLt.
Las ideologías, dice el aforista esloveno Zarko Petan, falsifican el futuro. Pero Enrique está vacunado contra ellas por la simple razón de que su larga carrera de consultor internacional le ha permitido mirar con cuidado el desarrollo de 150 ciudades en el mundo. Por ende, no se va a estar sacando ideas raras del cubilete, a la manera de Petro, ya que ha examinado in situ las que sí funcionan y las que no.
Ahora bien, la suerte en Bogotá parece echada, sobre todo después de que Antanas Mockus le dio a Peñalosa un apoyo crucial el jueves pasado. En contraste, Medellín y Antioquia podrían ver resultados problemáticos el domingo, que amenazan una tradición virtuosa. Semejante bandazo tendría que alertarnos sobre la necesidad de crear partidos políticos nuevos, dado que los tradicionales son irrecuperables. Sin partidos, nos tenemos que conformar con grandes egos, un sustituto inestable y, en últimas, inferior. Queda visto que con egos y sin partidos es casi imposible garantizar la continuidad de una política virtuosa.
andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes