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Bravas

Los continuos enfrentamientos entre los integrantes de las barras devuelven a la eterna pregunta de qué es lo que los hace ser violentos y si hay alguna manera de evitarlo, un círculo que refuerza la triste imagen a través de la cual se han insertado en la memoria del país.

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Al menos, a corto plazo, los heridos y muertos no van a cesar; se propone que unas penas fuertísimas y un despliegue tecnológico ayuden a la disminución de los casos y a la ubicación de los agresores en los estadios y su entorno, pero lejos de allí.

La gente ya conoce el perfil de una barra brava, o lo imagina, o perpetúa el prejuicio. Es un individuo joven, entre los 13 y los 25 años, vive en sectores marginados, tiene poca relación con sus padres, consume regularmente licor y drogas. Aunque por supuesto tal perfil no es generalizado, sí hay una amplia población en la que ello ocurre, pero también pueden hallarse entre los violentos personas que no encajan en lo anterior.

Las barras están divididas en secciones (personas de un barrio o un conjunto de barrios, un sector de la ciudad); las secciones están divididas en parches o grupos de amigos. Una de sus actividades para mostrar su presencia en un barrio es pintar los muros, escriben el nombre de su barra o el de su parche y luego con algún símbolo o firma que los demás integrantes del grupo conocen se destaca la individualidad del ejercicio. Después, un integrante de una barra rival, por la idea de que ese muro y el lugar donde se encuentran es un territorio enemigo, pone encima un nuevo letrero. Algo similar ocurre cuando los miembros de un grupo viajan para ver jugar a su equipo: en el camino intentarán dejar su huella, y en la ciudad que visiten harán lo mismo.

Sin embargo, hay otro interés que subyace al enfrentamiento, así el propósito del mismo sea robar una bandera o herir o matar, y es la firme creencia de que la disminución por cualquier medio de los elementos que constituyen la identidad de la otra barra les resta energía a esos otros en la tarea de animar al equipo. Lanzar papeles, cantar en la tribuna, aportan energía al equipo propio. Cantar versos insultantes contra los enemigos, robarles sus banderas, sus bufandas, sus camisetas, o herirlos o matarlos les quitan energía a los contrarios. Por eso es que en su memoria los integrantes llevan la cuenta de los muertos o heridos que les deben y aprovechan cualquier oportunidad para cobrar —en el cuerpo de quién, no importa—.

La violencia ejercida por una barra brava está dirigida a fortalecer un sentimiento colectivo que alimenta la vida de quienes la integran, el sueño de que su club sea el más grande del mundo, para que en ese cielo que hay en los escudos de los equipos y en las mentes de los hinchas brille una nueva estrella que a su vez contiene una historia con héroes y demonios, con alegrías y crímenes.

*Profesor de la Universidad de Cundinamarca. (Magíster en antropología).

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