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He andado por diferentes municipios en las últimas semanas tras un tema que nada tiene que ver con las elecciones, pero que me ha permitido ver y oler de cerca lo que en otros tiempos llamábamos la farsa electoral.
El próximo 25 de octubre elegiremos –yo votaré, así se me repugnen muchas torcidas maneras de ganar votos– gobernadores, alcaldes, diputados y concejales, dientes, ruedas y ejes de la máquina del poder. La gran diferencia con la elección de senadores, representantes y presidente es el volumen de decibeles que usan los lugartenientes o agentes electorales en las elecciones próximas. Porque ahora corre la moneda: los postes de todos los pueblos y veredas, resguardos, consejos comunitarios están empapelados de afiches con retratos de los candidatos, en las poses más diversas –para no decir ridículas– que se pueden imaginar sus asesores de imagen. Y en este gasto comienza el desembolso, porque todos y todas –como dicen todos y todas– deben invertir una buena plata en ortodoncia. La sonrisa debe ser perfecta, los dientes blancos, brillantes y parejos. La sonrisa se diseña para ser admirada porque se trata demostrar un manejo limpio, aseado, higiénico.
Pero es un tratamiento carísimo. Sale todo el equipo electoral del gabinete dental a la plaza pública estrenando muelas. Las necesitan. Son, con las uñas, las herramientas principales para agarrar bien lo que pase por las llamadas instancias del poder o retenes del presupuesto. Hecho el gasto en la sonrisa, se impone la inversión en el corte de pelo, arreglo de la barba, depilación de las cejas. Todo muy humano. El paso siguiente es trascendental y aún más costoso: infiltraciones para borrar arrugas, intervenciones para respingar la nariz, levantar las nalgas, reducir llantas y cuadrar mamelas. Y todo va sumando a buena cuenta del futuro. Gastos en gustos que todas y todos hacen porque aquí se aplica el principio de igualdad a rajatabla. Ya no es un secreto que el arreglo de fachada nos acerca a una verdadera democracia. De las clínicas se va directamente a los laboratorios de fotografía para posar ante las cámaras, dirigidas por el asesor de imagen. Poses, poses y pases: “Las manos expresivas, doctor; los ojos vivos y atentos, doctor. Mirada esperanzadora pero severa”, grita triunfal. El utilerista trae ponchos y ruanas, suéteres, chompas, camisas de rayas y de cuadros, pantalones anaranjados –dan buenos votos–, bluyines y –cada vez menos– zamarros. Cuestión de imaginación y de agenda. No es lo mismo una vereda que un barrio; una junta con empresarios, que una pasadita por la Picota a oír consejos. Los candidatos deben ser versátiles, muy versátiles, porque toda persona que les pase por junto puede ser un voto. Y para eso nada mejor que inspirarse en la sonrisa socarrona que usa Uribe en los carteles; en el lenguaje subliminal de Peñalosa o en los ojos de cordero degollado del doctor Rey, candidato a suceder al doctor Cruz en la Gobernación de Cundinamarca. A partir de esta fase del cronograma comienza lo duro: la plata. O, más exactamente, la consecución de socios industriales para la “gran empresa electoral”. Tino aquí, porque un paso mal dado y el andamiaje se desploma. Los socios deben tener billete, sin billete no hay democracia. Son mas fáciles de convencer los que han hecho la plata fácil. De arriba para abajo, sugiere el asesor. “La cosa es así, doctor: usted me colabora ahora y yo le colaboro después. Riesgos, claro, pero también, oportunidades. Grandes oportunidades; usted y yo seremos la encarnación misma de la ley. Sépalo, la firma del cheque es la firma de un gana-gana. No hay pierde”. Un guión sin fisuras, directo, convincente. Se repetirá en todas partes hasta llenar la cuota. Es costoso pagar locales de campaña, vehículos de campaña, letreros de campaña, manifestaciones, acompañamientos, seguridad, periodistas, músicos. “Costos como en cualquier otra empresa, doctor. La diferencia es que esas acciones comienzan a rentar después de la lid electoral”. Una socia que sólo tendrá gastos hasta el día de las elecciones porque después correrán por el bolsillo de los socios ríos de oro. Será al contado. Primero con la nómina, después con las obras y más tarde –no mucho– con proyectos y siempre con intermediaciones: tú me das, yo te pago. ¡Viva la democracia!