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Hacia 1450 Gutenberg consiguió fabricar los tipos móviles para su Biblia —de la que quedan en el mundo muy pocos ejemplares completos—, pero murió en la ruina y el olvido. De los primeros 50 años desde la invención de la imprenta (esa es la cuna del libro) quedan algunos miles de “incunables”, de los cuales los que hay en Colombia se pueden contar con los dedos de la mano. Pero antes de los incunables los libros se hacían todos a mano, en copias únicas transcritas por amanuenses e iluminados por expertos miniaturistas.
El libro tuvo poco más de medio milenio de gloria y hoy, tal vez, cuando en un solo día se imprimen en el mundo muchos más libros que todos los incunables que existen, asistimos, posiblemente, al ocaso del libro de papel como soporte único de la escritura. Un ocaso feraz y prolífico, porque se sigue imprimiendo sin tregua, pero un ocaso que se observa, no en la producción de material escrito, sino en las probables formas futuras de la difusión y de la lectura de palabras escritas. Hoy, 23 de abril, día declarado por la Unesco —hace apenas 15 años— “Día Mundial del Libro”, es oportuno reflexionar sobre el asunto. Hoy, en este momento fronterizo, el libro muere porque el libro vive.
Colombia, gracias a la Ley del Libro auspiciada por el presidente Belisario Betancur, consiguió desarrollar una industria editorial que antes era apenas incipiente. En nuestro país, gracias a los incentivos pactados para esta actividad fundamental, pudimos progresar mucho en los últimos decenios. Editoriales netamente colombianas como Norma y Villegas son conocidas en el mundo entero. Tenemos editoriales universitarias, algunas de ellas muy dignas, y algunas pequeñas editoriales independientes que sobreviven al lado de las grandes empresas españolas que también han conseguido afincarse en nuestro país con éxito indudable.
Hay salud en el libro, al menos en la parte editorial. No así en la parte comercial, pues muchas librerías han venido desapareciendo. Infinidad de ciudades intermedias colombianas no cuentan siquiera con una librería digna de este nombre, por no hablar de los pueblos, en donde a duras penas hay papelerías y quioscos de periódicos. Y ante el avance de los nuevos soportes electrónicos, no sabemos si el futuro del libro de papel está asegurado.
Es necesario que haya un ajuste e incentivo a la Ley del Libro. Es necesario que los gobiernos desgraven fiscalmente a cualquier librería que quiera establecerse en pueblos y ciudades colombianas. Aquí se acostumbra ayudar mucho a los grandes empresarios, pero qué útil sería que nuevos libreros emprendedores pudieran abrir sus negocios sin tener que pagar impuestos de industria y comercio, con moratorias generosas para poder establecer este eslabón indispensable en la cadena del libro.
Las bibliotecas públicas no deberían tampoco desconocer el trabajo de los libreros. La costumbre de saltarse a estos intermediarios, contratando directamente con las editoriales, quizás abarate algunos costos, pero acaba con el comercio de libros en la calle y los ciudadanos no pueden entrar a antojarse de algo que no conocen en librerías que cierran o no existen.
En muchos países se celebra hoy también el día de San Jorge. Según el mito, cuando este santo ausente del santoral mató al dragón, de su sangre brotaron rosas. De ahí que en muchos sitios se acostumbre hoy dar de regalo libros y rosas rojas. Sería agradable que también en Colombia se impusiera esta costumbre. Sería apropiado combinar lo más efímero —una flor— con lo más durable —un libro— para festejar estos 560 años en que la cultura ha crecido gracias al gran invento de estos pequeños paralelepípedos de papel. Feliz día del Libro. Y gloria a Cervantes y a Shakespeare, que dejaron de respirar un día como hoy.