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Memoria para tres placas

En la localidad Rafael Uribe Uribe las múltiples direcciones en cada vivienda se han convertido en un problema. Este panorama se replica en muchos barrios del sur de la ciudad.

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Hace muchos años, tantos que doña Rosa María Sánchez no recuerda con exactitud cuántos, una trombosis la mantuvo en cama un par de meses. Luego fue un preinfarto y después otra enfermedad cardíaca cuyo nombre ella nunca se aprendió. Con una enfermedad, y la otra, la memoria empezó a sufrir consecuencias. Primero olvidó su número de cédula. “Niña, no se imagina todos los intentos que he hecho para aprendérmelo nuevamente, pero es imposible”, dice con gestos de resignación. Después olvidó el número de teléfono y otros datos que no son vitales para existir, como los nombres de algunos vecinos.

Sorprendentemente, lo que recuerda con exactitud y repite mecánicamente son las tres direcciones que tiene su casa. ¿Cuáles tres direcciones? La vieja, la nueva y otra que ella no sabe a qué corresponde. Se las tuvo que memorizar porque a su casa llegan los recados, las fotos, las cartas y el dinero que envía su hija desde hace 30 años de Estados Unidos. Tuvo que aprendérselas de memoria, porque se cansó de que los carteros llevaran siempre el paquete a otras casas y tuvo que hacer cientos de reclamos para aclarar que su casa estaba ubicada en la carrera 24B N° 45-00, o la diagonal 42 N° 24A–99, o la carrera 24B N° 45-99.

Sólo se sabe las tres direcciones de ella. Ni siquiera podría ubicar a un mensajero que esté buscando una vivienda al lado de su casa. Para ella, el resto del barrio El Claret, el resto de la localidad Rafael Uribe Uribe, el resto de la ciudad, están ubicados en la carrera 40 y pucho, o en la avenida Caracas y pucho o en la séptima y pucho. Ya es suficiente saber tres direcciones, todas tan diferentes. Ese mismo suplicio de una, dos y hasta tres nomenclaturas en su casa lo vive ella y los habitantes de unos 150 barrios de esta localidad. Sin contar muchas otras zonas del sur de la capital y otras del norte.

“Ese desorden nos trae muchos problemas. Hay personas que tienen que ir hasta cada empresa de servicios públicos y pedir los recibos porque nunca les llegan a las casas. Tiene que hacer filas de horas y horas”, dice Jairo Gómez Ramos, edil de esta localidad.

En los últimos 10 años se han invertido $6.487’950.160 en el cambio de nomenclatura en la capital. La cifra la dio la misma empresa encargada de esta tarea, la Unidad Administrativa Especial de Catastro Distrital (Uacd). Fue el representante a la Cámara por Bogotá David Luna quien solicitó la información basado en un sinnúmero de quejas que recibía por el caos en las direcciones, que convierte a unas zonas de la ciudad en calles intransitables para taxistas y transportadores, en una pesadilla para los mensajeros y en un martirio para los destinatarios que se gastan días y días esperando un paquete o una carta que nunca llega.

En el barrio La Francia, el señor Arturo Rodríguez optó por recibir siempre la correspondencia de su vecino y llevársela hasta su casa. Hace 10 años lo hace. Fue una tarea que nadie le asignó, pero que él supuso era responsabilidad suya, porque su casa, ubicada en una esquina, tiene cinco direcciones y alguna de ellas se acerca mucho a la nomenclatura de su vecino.

Siguiendo con las cifras, en la última década 100.326 placas han sido instaladas en las vías de la ciudad y 616.126 en las casas. El contrato más costoso superó los $1.500 millones, que fueron destinados a la fabricación y la instalación de 131.426 placas en Usaquén, Barrios Unidos, Teusaquillo, Los Mártires y Puente Aranda. Ni un solo peso fue destinado al retiro de las placas antiguas, que es finalmente lo que complica el tema de las nomenclaturas.

No hay ni un solo peso porque, explican en Catastro, “es importante aclarar que la actividad del retiro de las placas antiguas no es un proceso obligatorio para la Uaecd, tal y como se observa en el artículo 13 del Acuerdo 46 de 1934 que cita: ‘Artículo 13. Cuando haya de variarse el número de cualquier propiedad se dejará la placa antigua cruzada por una línea roja para indicar su cancelación y se instalará la nueva en el sitio que le corresponda”.

En el barrio El Claret no hay ni líneas rojas cruzadas en las placas antiguas ni una señal que indique cuál es la dirección nueva y cuál la antigua. Por eso sus habitantes tienen que aprenderse la nomenclatura de una, dos y hasta tres direcciones. Como doña Rosa María Sánchez quien, a sus 77 años, hasta les agradece a los santos recordar todas las direcciones de su casa. “Gracias a Dios me las sé, es para lo único que me sirve la memoria ahora”.

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