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Suele decirse “que entre el diablo y escoja”. Esta vez, en Buenaventura los ciudadanos pueden elegir un alcalde para el cambio.
Mábel Lara llegó al set del debate con un nuevo sondeo de intención de voto. Sorpresivamente, encabezado por un candidato que no estaba en la lista de opcionados. Al acomodar a los aspirantes en sus sillas, resultó ser el que minutos antes había llamado la atención en la sala Fidel Cano por su cara de estudiante aplicado.
Ahí estaban siete de nueve candidatos a la alcaldía de Buenaventura. Primero que todo, la ciudad no aguanta otra humillación nacional de ver a su alcalde preso. Hay que imaginarse por un instante la noticia en televisión para saber que es el momento de un cambio que deje atrás la corrupción político-administrativa. Por auto-estima y por supervivencia no hay que correr ese riesgo. Los electores saben quiénes no pasan este criterio de descarte.
Se necesita un alcalde que llegue sin deudas con financiadores de esta campaña y anteriores; comprometido con la legalidad y la transparencia, y abierto al control social de su gestión. De los tres o cuatro candidatos cuya financiación no genera dudas, Jaime Marínez planteó una idea impensable para otros: una “junta de notables” que acompañe y vigile su administración. Empoderar al obispo Héctor Epalza, a Human Rights Watch y a instituciones y personalidades del país para que lo cuestionen, es una garantía.
Buenaventura debe ofrecerle un interlocutor respetable al gobierno nacional, al sector privado y a la comunidad internacional. En este periodo, desde las revelaciones de revista Semana a raíz del asesinato del concejal Stalin Ortiz, el alcalde Bartolo dejó de serlo. Además de las manos limpias y libres, el líder de la ciudad debe tener una mente preparada y dominar el lenguaje de los tomadores de decisiones en Cali y Bogotá. Es el primer paso para que la ciudad no sea tratada con lástima y pueda lograr el peso que merece.
En este requisito, Marínez tiene la gran ventaja de haber sido gerente regional de Findeter, la Financiera del Desarrollo Territorial. Conoce la agenda nacional de políticas públicas, es decir, maneja el marco para la transformación de Buenaventura, y su posición frente a la economía del puerto y la Alianza del Pacífico es proactiva: “ser socios del desarrollo”. Esto quiere decir, por ejemplo, apoyar la estructuración de negocios donde la gente sea co-propietaria para buscarles inversionistas en las macrorruedas de Procolombia.
Ahora, si este es el candidato del cambio (y no siempre el cambio es lo correcto), ¿dónde están sus electores? La explicación de su subida en los sondeos es el desempeño en los debates, lo que indicaría un movimiento de opinión independiente. Más que la Alianza Verde, que lo avaló, su base son los cristianos y los jóvenes profesionales. En la situación concreta de Buenaventura, el voto útil para derrotar a la maquinaria se trasladaría de Lucy Abonce (Centro Democrático) y Bernardino Quiñones (Cambio Radical) al joven candidato cristiano-verde. Así se produciría una de las mejores noticias del país el 25 de octubre.
Valga la aclaración: no conocía a Jaime Marínez y esta columna solo me compromete a mí. @DanielMeraV