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Martina Navratilova carga cada día con el peso de su brillante pasado: 18 títulos individuales del Grand Slam del tenis, 31 de dobles y 10 mixtos. A los 53 años sigue fina y atlética, peloteando en las pistas de los torneos grandes, competitiva como cuando era jugadora. En febrero, sin embargo, recibió la peor noticia de su vida: fue diagnosticada de cáncer tras una mamografía rutinaria.
Martina lloró cuando le dieron el resultado de la biopsia en el pecho izquierdo, pero tras asimilar el golpe y someterse a la extirpación del tumor, esta mujer combativa dice que saldrá adelante.
Es obvio que se sufre con una noticia así…
Lloré. Fue un golpe duro. Me parecía que tenía el control sobre mi vida y mi cuerpo y entonces vino esto, que está completamente fuera de mi alcance. Dejé pasar cuatro años las mamografías. Todo el mundo está ocupado, aunque eso no debe servir de excusa. Me mantengo en forma y como adecuadamente y aún así me ocurrió. Un año más y podría haber estado en grandes problemas.
¿Qué le mantiene entonces activa?
Siempre he tratado de dar lo mejor de mí misma en cualquier cosa que haga: esquí, carpintería, pilotar un avión… Quiero hacerlo lo mejor posible. Me levanto cada mañana con una sonrisa, porque siempre tengo algo que hacer. Eso es lo que me mantiene en movimiento. Prefiero eso a las quejas, a los que sienten pena de sí mismos. Una vez, conduciendo por Austin (Texas, Estados Unidos), vi a una mujer corriendo a un lado de la carretera. Sólo tenía una pierna. Corría con muletas. Cada vez que voy a sentir pena de mí misma, pienso en ella.
Su biografía se titula ‘Siendo yo misma’. ¿Por qué?
Yo no me disculpo por ser quien soy. Se me conoce por hablar claramente. Soy quien soy y ojalá la gente me aprecie por mí misma. No voy a ser menos de lo que soy para que alguien se sienta a gusto. Cuando el asunto ha sido mi sexualidad, que la gente se avergonzara de ser gay, lo que sea…, yo siempre he sido honrada conmigo misma y eso me hace sentirme orgullosa. Nunca pensé que hubiera nada malo en ser gay. ¡Era una niña pequeña! Una niña pequeña creciendo y escuchando hablar a la gente de los homosexuales, de ser hombre y mujer. Nunca pensé que hubiera nada malo en que dos personas se quisieran. Nunca he pensado que tuviera que pedir disculpas por nada. Esa es la conclusión: siempre he sido yo misma.
¿Los deportistas deben hablar de todo?
Tenemos la responsabilidad de dar un paso al frente para defender al débil. Siempre he hablado de cualquier tipo de desigualdad, de cualquier tipo de injusticia, fuera con niños, con animales o con la naturaleza. Es un poder que me gusta ejercer. Los deportistas tienen más responsabilidad en este sentido que los políticos, porque los niños les ven como ejemplos. Son sus héroes y deben ser modelos que hablen de los problemas.
Huyó de la antigua Checoslovaquia y se nacionalizó estadounidense. ¿Qué le parece el auge actual del comunismo en el Este de Europa?
Es terrible. La gente tiene una memoria corta. Debería recordar lo que pasó. Me disgusto mucho cuando veo las elecciones y que los comunistas en la República Checa se llevan el 50% de los votos. Pienso: ¿Están locos o qué? El comunismo es una idea bonita que nunca podrá funcionar porque le quita el poder al individuo. Me entristece que la gente piense que tenía cosas buenas cuando nunca las tuvo. Destruyeron a millones de personas. Destruyeron millones de vidas, incluidas las de mis padres. Nunca les perdonaré.
Ivan Lendl cuenta que alcanzó la excelencia en el tenis porque era una vía para salir de Checoslovaquia.
Yo siempre quise ver mundo y el deporte era el medio para conseguir un visado. Pero, si hubiera nacido en Alemania, también habría querido jugar al tenis. Amo este deporte. Salir del país fue parte de jugar al tenis, pero no lo fundamental.
Como jugadora, tuvo usted una voluntad de hierro. ¿Se siente orgullosa de eso?
Siempre fui muy competitiva conmigo misma, no con las demás. Conmigo. Me enfadaba conmigo misma cuando no jugaba del todo bien. Me enfadaba más ganar por poco un partido en el que jugaba mal, que perder uno en el que había jugado bien. La competición, para mí, siempre fue conmigo misma. Competición para jugar tan bien como sabía que podía; tan bien como mi capacidad me permitía, como lo hacía en los entrenamientos.
Así que llegaría usted a sentirse invencible.
Ese fue el caso en los años ochenta. Sabía que, estando a mi mejor nivel, nadie me iba a ganar. Lo sabía. Por eso, cuando perdía, era horrible. Sentía que me había ganado a mí misma, que siempre era mi culpa. ¡Digamos que era un bonito problema!