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En muchas partes existe una tendencia contra la enseñanza de las humanidades.
En España, la última reforma del bachillerato, LOMCE, ha establecido que historia de la filosofía pase de obligatoria a optativa. En América Latina, analistas, como Andrés Oppenheimer, han argumentado que estamos preparando demasiados humanistas y afirman que, para crecer, lo que necesitamos es mas MBAs, matemáticos o ingenieros.
Esta es una posición equivocada por varias razones. Primero, porque las humanidades nos enseñan a pensar críticamente, y en el pensamiento crítico es que se sustenta la calidad de la democracia. Segundo, porque el pensamiento crítico presupone a seres humanos autónomos con la capacidad de enfrentar y adoptar posiciones frente a dilemas éticos, que siempre se presentarán a lo largo de nuestras vidas. Tercero, porque necesitamos más, no menos, humanidades, también para que nuestro producto interno bruto pueda crecer a tasas más altas.
Porque muchos de quienes argumentan reducir o acabar el estudio de las humanidades no han entendido que un mayor crecimiento pasa, necesariamente, por una mayor capacidad de innovación de los países. Y, ¿qué es la innovación? Son ideas frescas que generan productos, procesos y servicios novedosos, nuevos métodos de administración, nuevos diseños e inventos que generan ganancias para las empresas, las industrias, regiones y países.
Y, como lo he aprendido de los grandes gurús de la innovación —y lo he ya planteado en columnas anteriores— no hay recetas listas para enseñar a innovar, pero sí es posible crear condiciones en las cuales es más probable que la innovación florezca. La innovación tiende a florecer en ambientes que estimulan la libertad individual, la creatividad y la crítica constructiva, donde es posible desafiar constructivamente las restricciones y la autoridad, en ambientes donde las personas puedan ignorar convenciones y tradiciones sin miedo a ser castigados y reprimidos; donde la mezcla de ideas, culturas y gente sea permitida y estimulada; y en ambientes abiertos al mundo de las ideas y al mundo físico.
En pocas palabras, la innovación requiere de la interacción de muchas personas, no sólo bien instruidas en gerencia, matemáticas e ingeniería, sino con excelente expresión oral y escrita, capaces de trabajar en grupo, tolerantes y abiertos a las ideas de otros, y que sepan escuchar argumentos y aceptar la crítica. Así, la innovación, como todo proceso de conocimiento, es parecida a la creación artística y requiere también de personas sensibles, soñadoras y con formación integral. Para eso también necesitamos humanistas, historiadores, sociólogos, filósofos y literatos.
Y esto es, precisamente, lo que han aprendido y practicado los grandes líderes empresariales del mundo. En sus centros de investigación alrededor del mundo, Google, Microsoft y otros gigantes tecnológicos, han reunido a sus MBAs, matemáticos e ingenieros con sociólogos, antropólogos, historiadores y filósofos para que interactúan unos con otros. Así, más que expertos seguros de si mismos y que ya lo saben todo, las empresas triunfadoras han entendido que lo que necesitan son profesionales abiertos, tolerantes y que entiendan el entorno y la variabilidad del mundo.
Para estas razones, necesitamos no sólo entender bien la innovación, sino defender la enseñanza de las humanidades en nuestros colegios y universidades.
En pocas palabras, necesitamos las humanidades, no sólo para preparar mejores seres humanos, sino para tener más y mejores empresas y para poder crecer más.