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¿Chanchullero, pero bueno?

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Al ver al exgobernador Álvaro Cruz, cabizbajo, devastado, con los codos apoyados sobre una mesa y la cabeza a dos manos, luego de declararse culpable de cometer cohecho pues, en 2009, cuando ejercía como ingeniero, sobornó a un funcionario con el fin de que a su empresa le dieran un contrato para restaurar la malla vial de Bogotá, dentro de lo que tristemente se llamó “carrusel de la contratación”, pienso en esa frase de Antanas Mockus (“recursos públicos: recursos sagrados”) y creo que debería convertirse en mandamiento de la ley de Dios.

¡Es que aprovecharse de los bienes del Estado no es algo que esté sancionado por la sociedad! Si no lo creen, piensen no más en las reverencias que se les hacen a esos personajes que ostentan sus escoltas y sus carros pagados con nuestros impuestos. ¡Qué lejos estamos de la época en que Carlos Lleras Restrepo regañó a su hijo porque cogió un frasco con goma que había sobre su escritorio para hacer una tarea del colegio: “Esa goma no puedes utilizarla porque es un bien público”, le dijo el presidente.

Y así como en tantos casos parece que se han borrado los límites entre lo que es de uso público y de uso privado, también se ha vuelto costumbre, especialmente entre los ingenieros que contratan obras con el Estado, sobornar a los funcionarios de turno para garantizar la obtención de un contrato cuyo criterio de adjudicación, por desgracia, acaba siendo, en muchas ocasiones, el pago del soborno más alto.

Para corroborarlo, sólo hay que preguntárselo a los Nule y ahora a Álvaro Cruz, quien sale de su segunda Gobernación lleno de vergüenza, no obstante haber hecho cosas buenas, especialmente en el campo de la educación. Cruz, por ejemplo, logró que Cundinamarca obtuviera el primer lugar en las pruebas Saber de grados 3, 5, 9 y 11, en el desempeño fiscal y en la disminución de la pobreza. Además, y a pesar de que sufrió en carne propia la violencia, realizó encuentros en casi todos los municipios para explicarle a la gente los acuerdos de paz y, sobre eso, publicó un libro titulado Del fin del conflicto a la paz local.

En resumen, fue un buen gobernador. Pero era chanchullero.

Ahora, también hay que reconocerle que no es cínico, que se declaró culpable, que aceptó pagar una multa de $800 millones y una condena de siete años de cárcel y que no tuvo el descaro del exalcalde Samuel Moreno, quien hace lo posible por dilatar su juicio a ver si queda libre por vencimiento de términos.

Y aquí llegamos a un tema fundamental: el de la necesidad de deslindar cobijas de los corruptos, de no andar con la miel para que nada se nos pegue. Y en eso son culpables muchos: el expresidente Álvaro Uribe, para empezar, por estar tan cerca de tantos Santoyos y Nogueras. Mis amigos del Polo, por guardar silencio demasiado tiempo ante el imperdonable carrusel de la contratación denunciado por Gustavo Petro. Petro, por parecer tolerante con las acusaciones de corrupción contra algunos de sus parientes políticos, con quienes ha debido ser tan implacable como lo fue con Samuel Moreno, etc., etc., etc.

Es que si la corrupción de la derecha es muy grave, la de la izquierda es imperdonable. Y uno tiene que separarse definitivamente de los corruptos, como lo ha hecho, por ejemplo, el general Naranjo con su hermano condenado por narcotráfico. Porque por más que uno los quiera, o por más familiares que sean, o por más votos que pongan, si uno no se aleja definitivamente de ellos, su miel se le pega.

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