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El viernes 26-S el Banco de la República aumentó su tasa de referencia de 4.5 a 4.75 por ciento, supuestamente para “anclar” las expectativas de una inflación asociada a la devaluación que ya supera 4 por ciento, límite máximo de la meta.
En realidad esta inflación es un cambio de nivel en precios y rentabilidades en favor de los sectores manufacturero, agropecuario, agroindustrial y turismo.
En sana lógica, ese pequeño aumento induciría una elevación de las tasas de interés comerciales que se traduciría en una menor demanda de crédito y, con ello, en una pequeña reducción de la demanda en los mercados que, supuestamente, permitiría controlar la inflación.
Pero en los mercados de bienes que se producen para exportar o competir con importaciones, que son la gran mayoría, su precio lo define la competencia internacional, la tasa de cambio y las tasas de interés. Así, el aumento de la tasa induciría un aumento en sus precios al elevar el costo financiero que exportadores e importadores trasladan a los consumidores, lo que generaría más inflación. Podría compensarse reduciendo los precios de los combustibles, como se hizo hace pocos días.
A su vez, en los mercados de servicios que tienen capacidad instalada ociosa, restaurantes o servicios inmobiliarios (ver letreros de “se vende o se alquila” en muchos edificios del norte de Bogotá), que son parte sustancial de la canasta del consumidor, como la demanda no define el precio, su reducción contraería el nivel de actividad.
Más aún, el aumento de las tasas reduciría las oportunidades de inversión al exigir proyectos con mayor rendimiento para pagar el mayor costo financiero. Pero en esta coyuntura de tasa de cambio elevada, la inversión debería aumentar para recuperar la capacidad de producción y los compradores de los sectores mencionados, para compensar la postración actual del sector minero.
¿Será que esperan que la caída de la demanda produzca una ligera caída de importaciones y un pequeño aumento de saldos exportables y, por lo tanto, un respiro en la devaluación cambiaria y en la inflación? Sin embargo, la caída previa de los ingresos de divisas es de tal magnitud que difícilmente podrían contrarrestarla.
Pero revertir la devaluación es posible: la venta de Isagen producirá un flujo importante de divisas y el gobierno ha pedido autorización para incrementar su endeudamiento externo. Si eso ocurre, el país quedará en el peor de los mundos: con materias primas no rentables por precios internacionales reducidos, y con los sectores indicados tampoco rentables por una tasa de cambio revaluada. Si insisten para cubrir el déficit fiscal, mejor sería usar esas nuevas divisas para pre-pagar deuda externa cara y los correspondientes pesos liberados, convenientemente devaluados, usarlos en la construcción de la infraestructura económica que el país necesita. ¡Ojalá!