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En la década de los sesenta, los turbulentos años de la contracultura y el hipismo, el plástico empezó a estar mal visto como símbolo del sistema industrial y oponente de la vida natural, además de que empezaban a ser evidentes los primeros problemas de contaminación, o incluso sospechas del carácter cancerígeno de algunos tipos de plástico, como el PVC (Más: ¿Qué significa que el consumo de plástico se pueda duplicar antes de 2050?).
Empieza, también, la idea del reciclaje, en la que seguimos inmersos. En realidad no es una idea nueva: la naturaleza lleva reciclando desde siempre; de hecho, el petróleo del que se forman los plásticos no deja de ser un producto reciclado, formado por materia orgánica de hace millones de años (se dice que a partir de tristemente dinosaurios muertos) sometida durante mucho tiempo a ciertas condiciones extremas de presión y temperatura, de ahí que lo llamen combustible fósil.
La era preindustrial, hasta el siglo XIX, es considerada por algunos historiadores como la edad de oro del reciclaje: los objetos manufacturados no abundaban, de modo que se buscaba siempre nuevos usos a los productos, como la ropa, los metales o las piedras. Lo de usar y tirar, tan propio de nuestros consumistas tiempos, les hubiera parecido un desperdicio y una locura a aquellas personas, y seguramente tendrían razón, como ya nos vamos dando cuenta.
En las últimas décadas, y gracias a la presión del movimiento ecologista, parece que la población, los gobiernos y la industria empiezan a concienciarse de la importancia de reciclar. ¿Cómo se recicla el plástico? Sigue unos sencillos pasos: primero se recoge el material de los correspondientes contenedores y se traslada al centro de reciclaje; las botellas, por ejemplo, se prensan para formar balas y que no ocupen demasiado espacio. Una vez allí, se separan por tipos de plástico.
Solo se puede reciclar un porcentaje, en torno al 65 % de lo que llega, el resto es posible que acabe en el vertedero o en otros usos. Luego son triturados en piezas muy pequeñas y lavados para eliminar impurezas. Después se procede al secado y centrifugado para eliminar los restos que hayan quedado y todo se homogeneiza mediante procesos mecánicos que logran un color y textura uniformes.
Por lo general, el plástico, tras pasar por estos procesos, queda convertido en un montón de pequeñas bolitas, que luego se vuelven a fundir y a moldear para hacer nuevos productos. El reciclaje, por supuesto, es una buena idea, símbolo de nuestros tiempos tan sostenibles, de un mundo más verde y compasivo, pero resulta poco eficiente: si se producen en todo el planeta, aproximadamente, 300 millones de toneladas de residuos plásticos cada año, solo se recicla el 14 %, según informó en 2019 la ONU.
De hecho, de todos los plásticos producidos en la historia, solo se han reciclado un 9 %. Es un resultado pobre. Aunque, para ser justos, la industria química no es impasible a este reto. El reciclaje químico ya es una realidad, hay miles de iniciativas para revertir nuestra propia inconsciencia. Al igual que la tecnología, el problema no estriba en sí misma, sino en el uso que le damos. Con el plástico sucede exactamente lo mismo. El problema no radica en él, sino en como lo producimos, lo usamos, lo reciclamos, lo desechamos…

No hay nada a tu alrededor que no sea plástico, hace que nuestra vida sea mejor, pero somos nosotros (y nadie más) quienes en principio tenemos neuronas y debemos estar concienciados para decidir cuál debe ser su ciclo vital. Mucha de la basura plástica que arrojamos sin cuidado acaba en el mar. Y allí termina sumida dentro de las corrientes circulares que se producen en la superficie de los diferentes océanos, así se forman enormes islas flotantes, infinitos mares de plástico.
Siempre me han inquietado esas montañas de basura flotante, lejos, muy lejos, donde nadie las ve, como las montañas de basura de los Fraggle Rock, pero flotantes, en mitad del Pacífico, a medio camino entre Hawái y California, ocupando nada menos que 1,6 millones de kilómetros cuadrados y albergando aproximadamente 2.000 billones de piezas de plástico. Es decir, casi tan grande como España, Francia y Alemania juntas.
¿Cómo llega allí? De muchas maneras. A través de vertidos en los ríos o en las costas, de basura en las playas, de un reciclaje deficiente. Cualquier plástico que se deje tirado por ahí es probable que acabe en un río, por acción de la lluvia o el viento, y finalmente en el mar. Es conocida la tragedia de las tortugas, que confunden los plásticos con alimenticias medusas, y otros animales marinos, como las aves, que mueren por asfixia o por ingerir plásticos, hasta 100.000 según estimaciones de WWF (Fondo Mundial para la Naturaleza). También afectan de manera notable a la salud de los arrecifes.
No solo hay plástico en el océano, también en el polo norte o en las montañas. Y en la atmósfera. Según han demostrado algunos estudios, los microplásticos pueden permanecer una semana flotando en el aire antes de volver a caer al suelo. Por ejemplo, los neumáticos de los coches, fabricados en gran medida por plásticos, liberan a la atmósfera microplásticos en los momentos de arrancar, frenar o derrapar.
En los últimos años, científicos y ecologistas han señalado esta otra vertiente del problema, que cada vez es más conocida: los microplásticos son pequeños fragmentos de plástico, menores de cinco milímetros, que la acción del sol y del oleaje puede extraer de plásticos más grandes (botellas, bolsas, etcétera), o algunos que son específicamente fabricados de ese tamaño, como los exfoliantes elaborados por la industria cosmética para limpiar la piel y eliminar células muertas.
El mayor problema de los microplásticos es que se depositan en el pescado y el marisco, y, por si no fuera poco, acaban varados en nuestro propio organismo, siguiendo la cadena trófica. Todavía no se sabe a ciencia cierta qué efecto puede tener a largo plazo, probablemente ninguno bueno. ¿Estamos intentando revertir la situación? Por supuesto.
Podríamos hablar de los llamados plásticos verdes, que no están hechos a partir de derivados del petróleo, sino a partir de elementos naturales. Recientemente se han comenzado a desarrollar plásticos basados en azúcares, con las mismas propiedades que los otros plásticos, pero degradables y reciclables.
En 2021, España aprobó una nueva ley de residuos, en la que se veta la fabricación de elementos de plástico de usar y tirar como pajitas, platos y vasos, además de cosméticos o productos de limpieza con microesferas. Si lo piensas bien, es muy extraño fabricar algo de usar y tirar con un material que no desaparecerá nunca, al menos en términos temporales humanos.
Otra medida curiosa: obligar a los bares y restaurantes a ofrecer agua del grifo a sus clientes para ahorrar en el uso de envases. ¿Alguna vez has pedido agua del grifo en un restaurante y se han negado a dártela? A mí sí. Podrán mirarte mal, pero todo sea por el medio ambiente. Y tu cartera.
Una forma de acabar con estos problemas, además de reducir el uso del plástico, sería fomentar la economía circular, cuya filosofía es reutilizar los residuos como si fueran materia prima: que nada se desperdicie. Resulta complicado, como sucede con tantos problemas medioambientales (por ejemplo, el reto climático), que estas cosas dependan de legislaciones nacionales, cuando enfrentamos un asunto global: los océanos, por los que viajan los patitos de plástico que salieron del naufragio, bañan todas las costas de la tierra.
Además de la tremenda duración de esos materiales. Hay cosas que todos podemos hacer: utilizar bolsas reutilizables, evitar embalajes y comprar la comida a granel, beber agua del grifo antes que embotellada, pasar de los juguetes de plástico y maquinillas desechables. Si todos hacemos pequeños cambios, obtendremos grandes resultados, lo difícil es llegar realmente a una acción colectiva.
Lo más triste es pensar que muchos de los esfuerzos humanos que quedan por delante deben centrarse en deshacer los entuertos que han hecho las generaciones anteriores, ya sea llenar la atmósfera de CO2 o los mares de plástico. No obstante, dudo que haya habido alguna generación en la historia de la humanidad que no tratara de deshacer entuertos de generaciones anteriores.
Se llama evolución y sentido común. Pero, insisto, el enemigo no es el plástico, sino lo que hacemos con él. Representa uno de los inventos más fascinantes de nuestra civilización. Se trata simplemente de ser consecuentes, responsables y de sacarle partido de forma eficiente. Nada más. Y nada menos.
* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial. David Calle es un investigador y escritor español reconocido a nivel internacional por Unicoos, un canal educativo de habla hispana que ya cuenta con un millón de suscriptores. En 2017, sus alumnos le nominaron al Global Teacher Price y quedó entre los diez finalistas. Ese año, la revista Forbes lo incluyó en su lista de “las cien personas más creativas del mundo”.