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Y se hizo la música

En la sala, además de la Orquesta Filarmónica, se presentan jóvenes artistas universitarios que experimentan allí, ante diversos públicos, sus obras. Está ubicada en una casa que fue sede del equipo de fútbol Millonarios.

Santiago La Rotta
21 de agosto de 2008 – 04:46 p. m.

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Corría el año de 1994, Antanas Mockus era el nuevo alcalde de la ciudad. Por esos días, María Cristina Sánchez, quien entonces era la directora de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, empezó a contemplar la posibilidad de darle a la orquesta un segundo lugar donde ensayar, un refugio alterno al auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional.

Pero los sueños cuestan y, en este caso, fueron necesarios tres alcaldes seguidos con sus agendas, prioridades e intereses: Mockus, Paul Bromberg y Enrique Peñalosa, para que el proyecto que vivía en la cabeza de Sánchez fuera una realidad concreta, algo que se podía ver y tocar.

Como bien es sabido, la tarea determina el lugar. Hay espacios hechos para una cosa, y sólo para una cosa en el mundo. La casa protege al soñador. En esta historia no sucedió diferente. La sala debía funcionar en un inmueble acorde con su función, algo que remitiera al significado cultural de la orquesta. El destino, la suerte o cualquiera otra de esas fuerzas extrañas que tienden a atravesarse en el camino de los hombres, interpuso en el paso del proyecto un inmueble de conservación histórica que había servido como sede del equipo de fútbol capitalino Millonarios.

Con la venia del Distrito se contrataron los diseños, que corrieron por cuenta del arquitecto Alberto Saldarriaga, quien tuvo la tarea de recuperar y adecuar el espacio para su nuevo fin. La construcción fue adelantada por el arquitecto Daniel Castañeda y el ingeniero Gonzalo Durán, quienes también se encargaron de hacer de la sala un sitio que contara con todos los adelantos técnicos en materia musical.

A medida que la construcción avanzaba, sobrevino el dilema del nombre. No era una cuestión fácil de decidir. No es un asunto exclusivamente de enunciación, sino una cuestión de carácter. Después de consultas con la almohada, con personajes anónimos que creemos llenos de una sabiduría instantánea, bastante útil en momentos de angustia, vino a la mente el nombre de Otto de Greiff, hermano del poeta León de Greiff y quien ya tenía bajo su cuidado el auditorio de la Nacional.

Otto de Greiff fue, como su hermano, una especie de superhombre, de genio medieval que conocía y hablaba con soltura de todos los temas que incumbían a una gran mente. De Greiff perteneció a esa casta de grandes intelectuales que se fueron extinguiendo a medida que la vida y el mundo giraron más rápido y ser culto pasó a ser una cuestión para abuelitos, mamertos o amargados.

La decisión fue aceptada por la junta directiva de la orquesta y por el entonces alcalde, Enrique Peñalosa, y el 28 de febrero de 2000 se inauguró oficialmente la Sala Otto de Greiff, que serviría de segundo escenario para la orquesta, pero también como trampolín para jóvenes músicos que necesitaban probarse ante un público que no fuera enteramente universitario. La sala hace las veces de rito de iniciación, de bautismo de fuego para aquellos que buscan probar suerte en el azaroso mundo del arte.

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