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Joan Didion en Bogotá

Armando Montenegro
03 de octubre de 2015 – 09:33 p. m.

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Para escaparse del calor de Cartagena, Joan Didion llegó a Bogotá en los primeros meses de 1973, en busca de aire fresco, de la posibilidad de hacer llamadas telefónicas a Los Ángeles, leer el NYT con un atraso de solo dos días y tomar agua embotellada.

“Toda la historia del sitio parece un milagro —dice Didion—, una falsa ilusión de la sabana, inaccesible, […], de un aislamiento tan espléndido e impensable que la misma existencia de la ciudad asombra”. En las esquinas vendían cigarrillos norteamericanos y por todas partes se oían las canciones de un “enano brasileño” llamado Nelson Ned.

Para Didion el tiempo parecía dislocado por la increíble incomunicación de esta ciudad trepada en los Andes. Las películas que se estrenaban eran de la década de los años 60 (“El mundo está loco, loco…”) y, entre las novedades en inglés, se vendía un libro de Edmund Wilson de 1963.

Dice Didion que el aislamiento geográfico condicionaba la vida de la ciudad, y también que la versión de la historia local se alejaba de la realidad a punta de la autosugestión. Oyó decir varias veces que “los españoles mandaron a América a su alta aristocracia”; y tuvo la misma impresión cuando se enteró de las fabulosas narraciones de la leyenda de El Dorado. Insiste en que “son historias que los niños podrían inventar” y, a propósito, cita el comienzo de Cien años de soledad, que narra el recuerdo de un anciano que de niño fue a conocer el milagro del hielo de la mano de su padre.

Didion cuenta que merodeó en los escasos enclaves de modernidad norteamericana. Se alojó en el Hotel Tequendama, con rosas frescas en los baños y agua caliente las 24 horas; fue a almorzar al nuevo Hotel Hilton, cuarto piso, al lado de la piscina (allí se fijó en los tugurios del cerro y, en particular, en un mendigo que jugaba con un yo-yo). Cenó con champaña francesa de 20 dólares en el restaurante Eduardo (su pasaje de Cartagena a Bogotá le había costado 26 dólares).

Un periodista costeño le preguntó en una fiesta por qué los gringos no hacían películas sobre Vietnam. Un director de cine nativo respondió por ella: “porque allá pasan la guerra por televisión”. Al final le pidieron la dirección de Andy Warhol en Roma.

Insiste en que la imagen de los cerros domina sus recuerdos de la ciudad. Pensó que más allá de las embajadas y de las quintas del norte y de sus gentes vestidas a la moda (parecían venidas de París o Nueva York), detrás de esos cerros verdes estaban las selvas y pantanos donde hasta no hace mucho tiempo las cosas carecían de nombre y debían señalarse con el dedo (otra vez García Márquez).

Se sorprende de que en lugar de construir vías y ferrocarriles para conectar la ciudad con las costas, en 1954 el Gobierno se hubiera empeñado en cavar una montaña en Zipaquirá y construir una catedral de sal “para 10.000 personas”. Y termina intrigada por las pretensiones del servicio —los guantes, las vajillas— en la Hostería del Libertador, “como si esta pequeña posada en un precipicio de los Andes estuviera en la Viena de los Habsburgo”.

Unos meses después del viaje de Didion, un presidente de Colombia describiría su país como el Tibet de Suramérica y tímidamente propondría su apertura al mundo, un objetivo que hoy, más de 40 años después, no se ha alcanzado.

Joan Didion, “In Bogotá”, en The White Album. Essays, New York, FSG, 1979.

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