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Final o comienzo

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“El mayor riesgo en las épocas de turbulencia no es la turbulencia, es actuar con la lógica de ayer”: Peter Drucker.

Es innegable, desde los recién nacidos hasta los ancianos que habitamos el siglo XXI atravesamos por un período de turbulencia. A raíz de las maneras en las hemos vivido por largo tiempo, en casi todas las latitudes del planeta las personas experimentan una gran inconformidad que se transforma en guerras y violencia. La convivencia, la que hemos ensayado a lo largo y ancho de la historia y la geografía, colapsa. Hoy, desde las bombas en China hasta los asesinatos en Oregón, desde la Primavera árabe hasta los comunicados sobre los acuerdos de paz en nuestro país, se generan polarizaciones. Naciones y pueblos están dispuestos a morir y a matar por sus causas. Además, si el 90 % de los recursos materiales se encuentran en manos del 10 % de los seres humanos y el resto nos las arreglamos con el 10 % restante, es evidente que en mucho nos hemos equivocado. Si cada vez que alguien declara tener derecho a vivir mejor, se han de librar batallas sangrientas para obtener ese reconocimiento, se cae de su peso que estamos equivocados. Da igual si son las mujeres que deben reclamar la equidad de género, los afrodescendientes liberarse de la esclavitud, los campesinos y obreros exigir salarios justos. Hay un orden dominante que cree tener derechos sobre la vida y el futuro de los otros. Nuestro país se acoge a esa condición general. Como Ulises, parecemos navegar en aguas turbulentas, entre Escila y Caribdis, o entre la espada y la pared, y el más pequeño error nos conduce al desastre. Y, como si fuera poco, la información precisa que podría permitirnos ampliar nuestra propia mirada, decidir con libertad nuestra posición frente nuestro destino, es guardada celosamente.Nuestras costumbres nos invitan a buscar en los líderes la guía y el apoyo para resolver nuestras ansiedades, pero sobre todo nuestro futuro y el del planeta. Pero, parece que llegó el momento de rechazar esta invitación, vivir divididos en lideres y seguidores no parece una buena alternativa. El reto es iniciar un nuevo ciclo en el que la convivencia pacífica y abundante sea la misión compartida que construimos uniéndonos a los otros, aportando nuestra luz interior y nuestro potencial. Corramos el riesgo de crear sociedades a la medida de la naturaleza, donde la supervivencia y la evolución pasen por la cooperación y la sabiduría y no dependan de la acumulación de poder o de recursos. Atrevámonos a ser, en concurrencia con los otros, los amos de nuestro destino. *Antonieta Solórzano 

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