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El 25 de julio pasado Wilson Duarte fue una de las personas más impopulares dentro del Concejo de Bogotá. Ese día se hundió el Proyecto de Armonización presupuestal en el Cabildo de la ciudad. Casi de inmediato comenzó el escándalo. El problema residía en que la iniciativa no había pasado en la corporación debido al voto negativo, entre otros, de algunos concejales del Polo Democrático, el partido del alcalde Samuel Moreno. Uno de esos votos fue de Duarte. Paradójicamente en la política, donde tantas trampas son hechas, donde las palabras lealtad, honor u honestidad son un eufemismo, los votos en contra de los partidarios del Polo levantaron un huracán de airadas protestas y denuncias que aún no se ha aplacado del todo.
Con el pasar de los días, los cañones de todos los bandos fueron disparando pequeñas dosis de veneno en contra de los enemigos públicos. Se dijo que la ciudad quedaría paralizada, que no había dinero para invertir en las obras. Los políticos se apresuraron a esgrimir las palabras ética y comité, una combinación peligrosa que anuncia una reprimenda para las ovejas que no siguen al pastor. La Administración aseguró que Bogotá seguiría funcionando, que los ciudadanos podían seguir durmiendo tranquilamente mientras los miles de frentes de trabajo continuaban con su martillar incesante. Mientras todo sucedía, Duarte admite que llegó a sentirse arrinconado. Fue tal el revuelo despertado por el hundimiento del proyecto, que algunos cabildantes consideraban de trámite, que el concejal pensó que había tomado la decisión equivocada.
Días después los medios difundieron una versión que hablaba acerca de presiones de algunos concejales por puestos en la Administración; aquellos que ejercían la presión eran los mismos que hundieron la Armonización. En un país acostumbrado a no creer en su clase política, todos miraron con desgano los titulares de prensa y pensaron "otra vez". Sin embargo, como en cualquier guerra, las versiones son muchas y la verdad se esconde debajo de varios metros de comillas. "Yo estaba hablando con un periodista cuando éste puso el altavoz de su celular, de donde salió la voz de una persona de prensa de la Alcaldía diciendo que la torta de la armonización debía voltearse de inmediato", asegura Duarte. Al poco tiempo emergieron las denuncias por el supuesto pedido de puestos de los concejales.
Wilson Duarte es un ingeniero civil graduado de la Universidad La Gran Colombia. Tiene 38 años y cuatro hermanos, tres de los cuales también son ingenieros. Su hermana es abogada. Por las noches deja atrás el Concejo y se interna en las aulas de su universidad para continuar con sus estudios de abogado.
La política es un asunto que ha estado presente, en mayor o menor medida, a lo largo de toda su vida. En su época de estudiante hizo parte de las juventudes del Nuevo Liberalismo, lideradas por el mítico Luis Carlos Galán, padre del concejal Carlos Fernando Galán, quien se sienta al lado de Duarte en el Cabildo.
Cuando no ha sido políticamente activo, Duarte se ha entregado de lleno a la ingeniería. Sin embargo, su perfil, aquel que algunos compañeros clasifican como el de una persona hecha para denunciar, lo ha acompañado incluso cuando ha estado lejos de los cargos de elección popular. Duarte trabajó como asesor del Fondo Rotatorio del Ejército entre 1994 y 1997. En 1996 fue víctima de un atentado contra su vida. Después de esto, el ingeniero quedó sin su peroné derecho. Con cierto orgullo y la calma de aquel que ha conciliado con su pasado, muestra una cicatriz en el borde exterior de su pierna derecha, que va desde antes del tobillo hasta la rodilla.
Desde entonces, Duarte carga un arma "para que lo libre de todo mal", como reza la canción de Rubén Blades. Su padre le ha pedido en repetidas ocasiones que deje el cuento de la política, que su vida está en juego. Y es que, más allá de sus aciertos y errores, el concejal Duarte pone el dedo en la llaga, incluso cuando está infectada.
"No puedo juzgar cuáles sean las intenciones de Duarte, pero sí creo que en algunas de las cosas que él dice tiene razón", afirma el concejal Carlos Vicente de Roux, del Polo Democrático. El presidente del Concejo, Hipólito Moreno, del Partido de La U, añade: "Me parece un concejal que está muy activo. Yo esperaría se disciplinara más con su bancada y seguramente así tendría mucho más éxito en la política. Él tenía argumentos para plantarse ante la Armonización, pero, no obstante, debió haber acatado la decisión mayoritaria de la bancada".
"Hacer normas es letra muerta. A mí lo que me apasiona es el control político", asegura Duarte. Pero el concejal no es el paladín de la justicia, el héroe que todo lo sabe y ve. Sobre él también han llovido denuncias, como cuando supuestamente se presentó en las oficinas del IDU exigiendo información en nombre del alcalde, las cuales desmiente contando su lado de la historia.
Lo cierto es que algunos compañeros de Cabildo lo ven como un concejal rebelde, que no se deja amilanar fácilmente y que expone sus puntos directamente, sin mayores rodeos, más allá de qué intenciones tenga detrás de sus debates, que él, asegura, adelanta para controlar los procesos de la ciudad bajo los parámetros de una moral implacable.