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Pródigo

José Fernando Isaza
30 de septiembre de 2015 – 09:00 p. m.

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Uno de los pasajes del Nuevo Testamento, con visos de injusticia e inmoralidad, es el del “Hijo Pródigo”.

El hermano menor pide la herencia, se va a dilapidarla como un libertino y, como dice le dice el hermano mayor al padre, “ha comido tu fortuna con prostitutas”. Regresa a la casa paterna por física hambre, envidiaba las bellotas que comían los cerdos y nadie le daba alguna. Al regresar a la casa, el padre le da un gran recibimiento, ordena para él el mejor vestido, anillos y sandalias; ofrece un banquete con un ternero cebado. El hijo mayor, con toda razón, protesta, alega que siempre ha estado al servicio del padre y nunca le han dado ni un cabrito para una comida con sus amigos. La parábola termina con las palabras del padre: “Había que hacer una fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado”.

A raíz del altamente probable fin del conflicto armado entre el Estado y las Farc, viene a la memoria el anterior pasaje que se repetía en las clases de religión. Algunos que se autocalifican como “buenos ciudadanos” protestan contra la posibilidad de que quienes dejen las armas puedan participar, con algunas ventajas iniciales, en la actividad política. Cuando la UP participó en elecciones alcanzó una representación significativa en concejos y asambleas, y eligió senadores y representantes, y fue exterminada; un genocidio que no ha sido completamente aclarado ni sus instigadores sancionados. Devolver inicialmente al futuro partido de las Farc las curules perdidas por el exterminio de los dirigentes que eran simpatizantes puede ser un principio de justicia. Debe recordarse que el objetivo prioritario de las negociaciones es la paz y no el castigo de los insurgentes.

Muchos de los que consideran que es más importante la justicia penal con cárcel que la paz, son fuertes creyentes; les convendría revisar los textos religiosos como el atrás mencionado, en el cual primaron el perdón y la reconciliación sobre el cumplimiento de las sanciones que en justicia le corresponderían al hermano menor.

Los principales opositores, que detentan elevados niveles de poder, hacen pública su confesión de fe. Seguramente piensan que algunos pasajes bíblicos admiten ligeras interpretaciones, pero como son la palabra de su Dios deben aceptarla y tal vez pensar que “los designios del Señor son inescrutables”.

La desmovilización de los guerrilleros y su reincorporación a la vida social debe ser aceptada por la sociedad como el regreso de quienes tomaron un camino equivocado para hacer oír sus propuestas; deben integrarse, no necesariamente con amor: es bueno recordar que lo contrario a la guerra no es el amor, sino la paz.

En el acuerdo de justicia transicional, los derechos de las víctimas, reparación y garantía de no repetición, están consignados. El país merece un futuro en el cual se acallen las armas y la política se realice con las ideas que el traqueteo de las ametralladoras no deja oír.

Hay que pasar las páginas de la venganza; ésta no debe ser una política ejercida desde la autoridad. Más sangre no devolverá a la vida a los seres queridos asesinados en la orgía de barbarie que es la guerra. Los acuerdos de paz, si bien no nos transformarán en un paraíso, sí reducirán los horrores de la confrontación. Basta comparar los días de la tregua unilateral con los períodos en que el conflicto se escala militarmente.

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