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Ahora sí

Andrés Hoyos
29 de septiembre de 2015 – 09:00 p. m.

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La guerra se está quedando sin amigos en Colombia y eso hay que celebrarlo.

Como suele pasar con procesos complejos como el que se negocia en La Habana, al final los renuentes conforman una extraña cofradía. Está la derecha recalcitrante del expresidente Uribe y el procurador Ordóñez, acompañados por una decena de columnistas, dígase Salud Hernández-Mora y Plinio Apuleyo, aunque otros que los rondaban han empezado a tomar distancia de ellos sin que todavía hayan salido en estampida. Pero está igualmente José Manuel Vivanco, el supuesto antípoda de la extrema derecha. Sus declaraciones son casi extravagantes: asegura el director de HRW que si la CPI no descarrila el proceso de paz colombiano, ¡tendría que desaparecer! Por el lado de las Farc, algún frente andará pensando en volverse una farcrim.

Juan Manuel Santos está haciendo lo que los electores le pedimos que hiciera: pactar, no una paz bonita porque de eso no se trata, sino razonable. Por el camino, la institucionalidad ha sufrido y sufrirá raspones y tal cual luxación, pero no fracturas ni heridas mortales. De no haber megasorpresas, el acuerdo será refrendable, así por el momento la opinión pública en contra sea mayoritaria.

Es hora, por fin, de hablar de posconflicto sin sentir que uno se mueve en terreno cenagoso. Colombia es como una boa que se tendrá que tragar, no un sapo, sino un ternero: la paz que se promete será de digestión larga. Las instituciones nacionales, las finanzas del país y los partidos políticos, a juzgar por lo que hay, no están ni remotamente preparados para sacar provecho de la paz o para evitar que del nuevo mapa surjan fenómenos peligrosos. Por fortuna, el movimiento que gestan las Farc ha incurrido en tal cantidad de desatinos que, comparado con ellos, el variopinto establecimiento nacional parece ideado por Pericles. Pero la incompetencia del otro lado —o de los otros lados, pues si los furibismos le andan buscando pulgas a precio de oro a la paz es porque ven cuesta arriba su futuro político a partir de 2016— no es consuelo. Lo único que sí se puede decir con certeza es que estamos advertidos de la necesidad de restaurar lo que tanto se corrompió y se debilitó durante cinco décadas de guerra.

Como yo tampoco tengo ni idea de qué saldrá al final de todo esto, voy a fantasear con la emergencia de un partido de centro izquierda moderno para la paz. “Izquierda” aquí no quiere decir enemigo de la economía de mercado; al contrario, quiere decir partidario de una economía de mercado próspera que es la única capaz de pagar los impuestos suficientes como para financiar el desarrollo equitativo del país. Algunos lineamientos básicos serían: sustitución del modelo extractivo por un modelo transformativo; reforma agraria que mezcle la gran agricultura con una economía campesina dinámica (ambos fenómenos caben sobrados); raudo descarte de la nefasta guerra contra las drogas; inversión en educación pública, sin desaprovechar la educación privada, y desarrollo a fondo de la I&D y de las ciencias; reindustrialización del país; limpieza de la corrupción, muy en particular en las regiones.

Ojo que nada de esto lo podrá hacer Juan Manuel Santos, quien entrega su puesto el 7 de agosto de 2018. Deberán desarrollarlo el próximo presidente y el próximo Congreso, así que es clave observar desde ya cómo se mueven las fichas y tomar partido. Hagan sus apuestas, señores y señoras.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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