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De Benidorm a La Habana, distintas brisas de paz

Cartas de los lectores
27 de septiembre de 2015 – 09:00 p. m.

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De Benidorm a La Habana, distintas brisas de paz

El acuerdo entre el Gobierno y las Farc da un giro radical al proceso de diálogos, haciendo más creíbles las ideas de punto de no retorno, el fin del fin y la inexorabilidad de la paz, aunque el filósofo colombiano Darío Gómez nos pone siempre en alerta cuando nos recuerda su principio de que nada es eterno en el mundo. No es un acuerdo perfecto y tiene, aunque cada día menos, poderosos enemigos que chillan por las esquinas gritando que se le está entregando el país al castro-chavismo, acusación que, alguien señalaba, no sólo involucra al presidente Santos, sino también al papa, la ONU, Obama, la UE y todos los gobiernos e instituciones que han saludado y apoyado el acuerdo firmado. Pasadas las horas de iniciales júbilos, asombros, rabias y pataletas, vienen las comparaciones. Que con los acuerdos con los paramilitares o que con los que se hicieron con la guerrilla del M-19 en Colombia, o los acuerdos con las guerrillas centroamericanas o el proceso de reconciliación en Sudáfrica y su justicia reparativa.Esto dará para mucho, pero hay un acuerdo que nadie recuerda. El iniciado en las mediterráneas playas de Benidorm en 1956 y culminado en las de Sitges un año después. En medio del calor veraniego de esas tierras se encontraron, con el beneplácito de Franco, seguramente, el jefe liberal Alberto Lleras y el temible y temido líder conservador Laureano Gómez. Buscaban un acuerdo para superar la dictadura rojaspinillista por ellos impuesta y que se les salió de las manos y casi una década de violencia bipartidista que produjo por lo menos 300.000 muertos y el desplazamiento forzado a las ciudades de una población campesina que podría llegar a la cuarta parte de la población colombiana de aquellos años y que se acercaba a los diez millones. Ese desplazamiento, como los que cíclicamente han seguido en estos 59 años, estuvo acompañado del despojo de las tierras, que era su objetivo, y también de los cultivos, las vacas, los burros y enseres del campesinado. Unos se fueron para los cinturones de miseria de las ciudades y otros a romper selvas y montañas impenetrables.Lleras y Gómez hicieron las paces y lo celebraron con una barbacoa mediterránea. En ese acuerdo tan ponderado por la historiografía patria no se habló de los muertos, ni de los desplazados, ni de las tierras violentamente confiscadas, y nadie asumió culpas ni responsabilidades. De lo que sí se habló fue de la torta. Del poder. Acordaron que ya no se iban a echar más bala, bueno, en realidad poner a los de ruana a echarse bala en su nombre, sino que ahora iban a ser socios y que se alternarían la Presidencia y se repartirían paritariamente toda la burocracia oficial. Crearon el Frente Nacional y fueron felices y comieron perdices. Firmaron la paz y también las escrituras de las tierras conquistadas, marcaron las reses afanadas, se sentaron a perpetuidad en las curules amañadas y se hicieron dueños de contratos y de toda la economía nacional, ya fuera legal, ilegal o narcotizada. Ellos firmaron la paz, pero el país quedó como estaba y listo para inmediatos estallidos sociales, alzamientos guerrilleros, movilizaciones campesinas, indígenas, sindicales, cívicas y estudiantiles. El Estado se hizo violentamente represivo, hasta que en los tiempos de Uribe, y con Santos al lado, se paramilitarizó completamente.Han pasado 59 años desde aquellas plácidas charlas mediterráneas que dieron origen a aquel “acuerdo de paz”, que veinte años después el anfitrión de alguna manera copiara para armar lo que llamaron la “transición española”. Cincuenta y nueve años en los que los muertos por la violencia política superan el medio millón, los desaparecidos el medio centenar de miles y los desplazados más de media decena de millones. Una media de víctimas alarmante.Existen millones de razones para tener esperanzas en unos diálogos de paz en los que las partes aceptan asumir responsabilidades por actos de guerra en los que hayan traspasado los límites permitidos en la rebelión o en la defensa de esa institucionalidad que naciera del Frente Nacional, y que obligatoriamente habrá que transformarse. Y los campesinos, expectantes de que, 65 años después, quizá puedan saber de sus tierras, sus cerdos y gallinas, y una cosa extraña que en otras partes llaman democracia.

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