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Durante casi 15 años, excepto durante la Gran Recesión, los precios internacionales de las materias primas crecieron y se mantuvieron elevados generando unos enormes ingresos para sus exportadores. Parte se trasladó a los otros sectores dando lugar a un crecimiento promedio anual aproximado de cuatro por ciento.
Pero ese ciclo de precios internacionales elevados se acabó y seguramente no se recuperará en varios años. La cuestión es que Colombia y casi todos los países latinoamericanos dependen de ellos. Se llegó a esta dependencia porque, por lo menos durante dos décadas, casi todos, en mayor o menor medida, plasmaron a través de su política económica la ideología neoliberal: mercados libres, abiertos, libre movilidad de capitales y minimización del Estado.
Esas políticas volvieron abundantes los flujos de capitales, financiando en exceso importaciones crecientes y generando una revaluación cambiaria notable. Esta indujo la “re-primarización” y la desindustrialización de las economías al reducir la competitividad de las actividades productivas ajenas a los precios internacionales elevados.
Además, “olvidaron” que muchos mercados importantes (crédito, comunicaciones y algunos de comercio) no están sujetos a la competencia internacional, salvo en segmentos reducidos, y antes bien están repletos de fallas y distorsiones. Así, mantuvieron el rentismo existente en los mismos que al trasladar sus ineficiencias redujo más aún esa competitividad.
Ahora y desde hace poco tiempo, la reducción de los precios internacionales (petróleo y carbón) disminuyó el valor de sus exportaciones y, así, los flujos de divisas. La devaluación cambiaria fue la consecuencia.
Esa devaluación indujo a las empresas endeudadas externamente a reducir su exposición y a no endeudarse más con esas fuentes, aumentando sus demandas de dólares para pagar sus deudas y reduciendo sus ofertas, respectivamente. Por su parte, esos precios recortaron la inversión extranjera directa, y la recesión europea el flujo de remesas.
Todo ello incrementó la devaluación y su consecuencia inmediata: Aumentó los precios de los bienes transables (importables y exportables) y con salarios fijos redujo las compras. La desaceleración es la consecuencia mediata.
No obstante, el cambio en los precios abre nuevas posibilidades a los sectores manufacturero, agropecuario, agroindustria y turismo, y así al empleo directo e indirecto. Pero rehacer empresas y clientes después de tan largo periodo revaluatorio no es sencillo ni inmediato.
En ese contexto, lo que se requiere es una política pública que garantice el dólar caro pero estable, la provisión de infraestructura adecuada y una política regulatoria que induzca mayor competencia en los mercados de servicios señalados. Es decir una nueva política industrial no proteccionista. Un gran desafío para los próximos años.
* César Ferrari, Ph.D., Profesor Titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía