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Un hombre millonario llega de visita a Bogotá y pregunta por un libro: la biografía de Charles Dickens escrita por Chesterton.
Es un hombre de negocios que vive en los Estados Unidos, marchant de obras de arte, tiene una tienda de comidas rápidas y es dueño también de una fábrica de betunes. Nació en Isa, un pueblito de Boyacá, que es patrimonio nacional, y siempre quiso ser escritor. Durante mucho tiempo vivió en las calles de Bogotá. Caminaba por las noches, entraba en los bares, conversaba con las putas, con los jíbaros, con los ladrones, con asesinos, con borrachos, uno que otro poeta y algún personaje conocido que de vez en cuando hacía su recorrido por los bajos fondos de su alma. Por la mañana temprano regresaba sagradamente a la biblioteca Luis Ángel Arango.
La historia de la pobreza es la historia de un maltratado estilo de vida, de una multitud de personas regidas por una voluntad menos ambiciosa, carente de muchas posibilidades, que se marginan al borde de una ilusión. El lector, este hombre, que no tenía con qué comprar un libro, iba a la biblioteca. Intrínsecamente, sabía que carecía de dinero, pero no de sueños.
Mientras en el piso de arriba los trajeados empleados del Banco de la República almorzaban a la carta en la cafetería, el hombre que aún no se había tomado un tinto y tenía el estómago vacío, leía una biografía de Charles Dickens. Soñoliento a veces, a través de las páginas recorría el paraíso victoriano del siglo diecinueve, manchado de niebla, siguiéndole los pasos a ese niño desamparado de zapatos viejos y gorra, en su odisea por llegar a la fábrica de betunes. A mitad de camino, el niño siempre se detenía frente a una mansión deslumbrante. Entonces miraba la casa y soñaba viendo sus puertas, sus altos ventanales e imaginaba a qué galerías llegaban sus corredores, alfombrados y llenos de cuadros de pintores famosos. Años después, el chico dejaría de ser el gamincito de la fábrica de betunes y se convertiría para la gloria de las letras británicas en Charles Dickens, el mejor narrador de Inglaterra, y se compraría esa casa. Hoy en día es allí donde funciona el museo Charles Dickens.
El hombre había terminado de leer el libro, emocionado, y decidió robárselo. Ahora lo releía en los buses, en el café Automático, en el banco de los parques. Ya con las hojas bastante ajadas, se había aprendido pasajes enteros de memoria. Había escrito un poema sobre la pobreza en las calles donde decía que “el sol es una moneda con la que compro este nuevo día”. Una noche, ya entrada la madrugada, se sentó borracho en el banco de la plaza donde está el monumento a Washington, sobre la avenida 26, y se quedó dormido. Al despertar ya no encontró el libro. Ahora tenía pena moral por haberse robado el libro y tenía rabia por habérselo dejado robar.
El hombre no había regresado a la Biblioteca desde aquel hurto. No se sabe qué hizo todos estos años, pero su dignidad conmueve. Se llama Mauricio Figueroa, como el actor de televisión, vive en Estados Unidos y es casado con una cubana. Me invitó a almorzar a la cafetería adonde van los trajeados del Banco. Me dijo: “Vine a visitar a mi familia en Boyacá. Pero más que eso, atravesé el continente fue para devolverle un libro a la Biblioteca Luis Ángel Arango”.