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Después de haberse presentado como el abanderado de la oposición a la corrupción en la alcaldía de Samuel Moreno, Gustavo Petro vuelve al seno del Polo Democrático, y se alía con los ex funcionarios de Moreno.
A pocas semanas de las elecciones para la alcaldía de Bogotá, se anuncia lo que ojalá sea la estocada final a la campaña de Clara López, mano derecha de Samuel Moreno en la alcaldía más corrupta de la historia reciente de la capital. El Progresismo, el movimiento creado por Gustavo Petro, en el que ha militado gente honesta en la mayoría de los casos (aunque puedo estar equivocado), pero que ha resultado perfectamente inepto para la administración de la ciudad, se alía con Clara López, que no ha terminado de pagar el costo político de su participación en la alcaldía Moreno.
Durante la crisis por corrupción, López demostró que era una auténtica abanderada. A pesar de todas las evidencias que se presentaban, en ningún momento señaló o investigó a una alcaldía sobre la que dice jamás haberse percatado de ninguna actividad ilegal, a pesar de que continuamente sucedía a su alrededor. En todas las conversaciones informales que he sostenido con funcionarios de la alcaldía de Samuel Moreno, o con personas que han trabajado en cargos menores, ha sido recurrente la afirmación de que les asombraba la inmoralidad en la política del Polo Democrático en Bogotá.
Siempre me ha parecido difícil de creer la posición de Clara López, de que nunca notó ninguna actividad inapropiada. Le doy el beneficio de la duda porque así lo exige la ley en una columna de este tipo. Quizás sea así de ingenua, quizás no pudo ver lo que para todos era obvio, incluso para los periodistas que estábamos investigando estos hechos desde fuera, con muchísimas menos herramientas de las que Clara López tenía en tan sólo un día de trabajo. No veo ninguna salida a este dilema con la que ella podría salir bien librada. Creo que votar por ella es irresponsable.
En cambio, parecía más ética la posición de tres miembros del Polo Democrático que se jugaron su futuro en el partido para hacer una investigación interna. Carlos Vicente de Roux, con quien tuve varios encuentros, y en cuyo equipo me apoyé bastante cuando investigué la corrupción en la alcaldía Moreno; Luis Carlos Avellaneda, que también me causó buena impresión aunque no conocía con tanto detalle como de Roux la situación en la alcaldía; y Gustavo Petro, que si bien insistía mucho en su importancia dentro de esta comisión de investigación, un miembro del equipo de de Roux solía quejarse de que Carlos Vicente hacía todo el trabajo y Gustavo Petro se llevaba todos los créditos.
El hecho de que Gustavo Petro haya sido alcalde, y no Carlos Vicente de Roux, demuestra que la política no es el arte del buen gobierno, sino del oportunismo. Lamento que de Roux haya retirado su candidatura y que los electores no lo hubieran reconocido como el mejor candidato.
Sin embargo, en aquel momento le di a Petro el crédito de haberse distanciado del Polo Democrático. Más adelante resultó decepcionante que capitalizara la crisis, para convertir sus frustradas ambiciones presidenciales en una carrera para la alcaldía de una ciudad que necesitaba, más que nunca, a un genio de la administración, y no a un sofista.
Tardé demasiado tiempo en aceptar al verdadero Gustavo Petro: una persona de una ambición y vanidad desmedidas, y muy superiores a la calidad de su liderazgo. No quise verlo hasta que se lanzó a la alcaldía de Bogotá, porque a pesar de estos defectos hizo un trabajo admirable como opositor político en el parlamento.
Ahora me extraña poco que el Progresismo, que nació de crear una distancia con la alcaldía Moreno, se alíe precisamente con los ex funcionarios de la alcaldía Moreno. El hijo pródigo vuelve, paso a paso.