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Con el inicio esta semana de la temporada 2010 del circuito de la PGA con el Campeonato SBS en Kapalua, Hawai, el mundo del golf se pregunta qué pasará con el show sin la presencia de su máxima figura y número uno del escalafón, Tiger Woods, quien tras un escandaloso fin de año anunció su retiro indefinido de los campos.
Porque si a Woods su sonada infidelidad no sólo le costó el millonario divorcio de su esposa, Elin Nordegren, el retiro de varios de sus patrocinadores y el descrédito mundial, el golf ha perdido mucho más con su ausencia, tal como se pudo comprobar durante los ocho meses que en 2008 estuvo ausente por una lesión de rodilla. Así lo reportaron, por ejemplo, las cadenas de televisión, al anunciar que en ese entonces las pérdidas para los anunciantes fueron del 30%.
La verdad es que el golf en general vive de Tiger Woods con una dependencia única en el mundo del deporte. Ninguna disciplina necesita tanto de su número uno como el golf de Woods. Cómo sobrevivió la NBA sin Michael Jordan o la Fórmula Uno sin Michael Schumacher puede ser un juego de niños con lo que supone para el golf la orfandad sin Tiger. Todo en el golf gira en torno a él de principio y fin. Sus rivales saben que es imprescindible por la cantidad de dinero que mueve en el circuito, los patrocinadores invierten en el green porque lo pisa el estadounidense y las cámaras siempre enfocan a la gran estrella.
Según publicó el diario El País de España, Woods ingresa cerca de 77 millones de euros al año entre su participación en los torneos, el diseño de campos y sus contratos publicitarios. Pero el dinero que mueve a su alrededor se multiplica por 10. Un ejemplo cercano: el pasado noviembre, el estado australiano de Victoria pagó dos millones de euros a Woods (la mitad salió de los fondos públicos) para que jugara durante cuatro días el Masters de Melbourne. ¿Una locura? ¿Un despilfarro? Todo lo contrario. Un torneo modesto, con una bolsa de premios de 750.000 euros, se convirtió en un show que congregó a 150.000 espectadores con una multitud agolpándose en cada hoyo. El retorno publicitario fue seis veces mayor que el dispendio. Un negocio redondo.
Así funciona con Tiger. Es un valor seguro. Por eso los organizadores prefieren dar a Woods lo que pida y dejar las migajas para el resto que contar con los mejores golfistas mundiales a excepción de Woods. El californiano vende más que Phil Mickelson, Padraig Harrington, Lee Westwood, Sergio García y los demás golfistas del planeta juntos. Así que, antes de dar el primer drive, Woods ha ganado ya más dinero (aunque sea bajo el disfraz de contratos publicitarios) que el ganador del torneo.
La renuncia momentánea de Woods encendió la luz roja. Si el golf cotizara en bolsa, se habría desplomado. “Hemos retransmitido torneos sin Tiger antes, pero todo el mundo sabe lo que supone que esté jugando él. Nos ajustaremos. Todo dependerá de lo indefinida que sea su ausencia. El golf es un deporte lo suficientemente fuerte, aunque con Woods es un deporte mucho más grande”, explicó Sean McManus, presidente de CBS, la cadena que retransmitirá los torneos.
Tiger ha dominado con mano de hierro el golf desde 1997. También lo ha cambiado para siempre. Ha llenado los campos de miles de aficionados y ha favorecido la mayor inversión económica que ha vivido este deporte en su historia. Woods supuso desde el principio un nuevo estereotipo de golfista, mucho más preocupado por su preparación física, profesionalizado al límite. Su ausencia, sin embargo, deja ahora la puerta abierta a que otros jugadores suban al podio pero deja huérfano al golf, porque su dimensión es mayor que la de cualquier otro atleta del mundo.