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La lucha contra el terrorismo pasa a Yemen

PRIMERO FUE EL TRUNCADO INTENto de un joven nigeriano que sacó provecho de la relajación de las autoridades policivas en Nochebuena para introducir explosivos en un vuelo que tomó en Amsterdam con destino a Detroit.

04 de enero de 2010 – 06:00 p. m.

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Luego vino su confesión, aceptada como creíble por los organismos de inteligencia implicados en esta nueva historia de terror y angustia psicológica: recibió las cargas de explosivos y la destreza para hacerlos detonar —que por fortuna fue insuficiente— en Yemen, un país que si bien no estaba entre los más malos de los malos, ya había sido mencionado en un discurso por el presidente estadounidense, Barack Obama. Entonces llegaron las reacciones: algunos países del mundo occidental como Japón, Francia y Reino Unido cerraron sus embajadas en Yemen por motivos de seguridad, como ya lo había hecho Estados Unidos, que además extremó sus propias medidas de seguridad en los aeropuertos para evitar otro fatídico 11 de septiembre.

Finalmente Yemen, el país que vio nacer al padre de Osama Ben Laden, es ahora un nuevo objetivo antiterrorista. Se habla de aplicar medidas de seguridad especiales para aquellos viajeros que provengan de alguno de los países insertos en una lista de 14 que aún no ha sido revelada. Algunos comentaristas citan los siguientes: Irán, Sudán, Siria, Afganistán, Argelia, Irak, Líbano, Libia, Nigeria, Pakistán, Arabia Saudita, Somalia, Cuba y, por supuesto, Yemen. Se ensancha, pues, el concepto mismo de eje del mal. El terror que ejercen las facciones más radicales del islam político, también denominadas por el mundo occidental como yihadistas, tiene en la aviación un blanco particularmente fértil en lo que tiene que ver con la forma de sembrar pánico.

En lo que concierne a Yemen, ya hay quienes anuncian que este es el nuevo santuario de Al Qaeda. Su montañosa geografía y la debilidad del gobierno central, incapaz de reducir y ejercer control sobre las tribus armadas opositoras, serían dos de las condiciones perfectas para que Al Qaeda traslade sus operaciones a este nuevo escenario de guerra. Lo cierto es que sus vínculos con el grupo radical no son nuevos y se remontan a los años ochenta, momento en el que muchos jóvenes yemeníes combatieron en Afganistán contra los soviéticos.

Ahora se reactivan esas relaciones, justo cuando el presidente Obama se apresta a retirar sus tropas de Irak para concentrar sus tareas bélicas en Afganistán.  Todo indica que la intención no es otra que la de impulsar una reacción de parte del primer mandatario estadounidense parecida a la que se esperaría de su antecesor, George W. Bush. No bastó con el histórico discurso de El Cairo en el que se le tendía una mano al mundo árabe. Obama está, como le ocurre desde que fue elegido, en una encrucijada: los republicanos ya lo tildan de blando, de desconocer la amenaza que significa el terrorismo, y cualquier solución a tono con su agenda de política exterior que hace la guerra pero busca la paz, titubea ante la presión de los fanáticos.

Se escuchan, pues, las voces de la ultra derecha y los racistas pidiendo que el mundo musulmán sea nuevamente objeto de una cruzada antiterrorista y nadie repara en el hecho de que cada vez son más los radicales educados en el propio Occidente. Para el caso, el joven nigeriano estudió en Inglaterra y provenía de una familia adinerada. Con razón el historiador Gilles Keppel sostenía que “es en Occidente donde han traducido su malestar en radicalización”.

Intensificar los operativos militares en Oriente Medio, diversificar los frentes del mal y elevar las restricciones de seguridad pueden ser tareas útiles, con seguridad necesarias, pero ninguna de estas transformará el ímpetu de violencia de los musulmanes no moderados. Sin políticas de integración reales que impidan la radicalización de la que nos habla Keppel, los esfuerzos bélicos habrán sido en vano.

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